Culiacán 40 (1974–1983)
Antes de mi vida en la redacción, hubo un edificio en la colonia Hipódromo Condesa: Culiacán 40, planta baja. Allí transcurrió mi infancia y allí comenzaron, sin que yo lo supiera, los primeros movimientos de lo que después sería mi vida profesional.
Mi madre, a quien todos conocían como doña Mati, llevaba una existencia marcada por el trabajo constante. Su jornada se repartía entre la administración del edificio, las labores domésticas y la crianza de sus tres hijos. No hablaba de proyectos a largo plazo ni utilizaba palabras como estrategia o planificación. Sin embargo, tenía una intuición práctica sobre el valor de la educación y la necesidad de anticiparse al mundo que venía.
Una decisión sin rodeos
En 1974 yo cursaba la secundaria. Para muchas familias era suficiente concluir los estudios básicos y comenzar a trabajar. Mi madre pensaba distinto. Una tarde me informó, sin rodeos, que además de la escuela regular, estudiaría computación por las tardes. No fue una sugerencia. Fue una decisión tomada.
Así llegué a un instituto ubicado en la esquina de avenida Hidalgo y Paseo de la Reforma, donde se impartían carreras técnicas. La especialidad que eligió para mí fue Técnico Perforista en Computación. En 1975, hablar de computadoras en México significaba referirse a equipos enormes, inaccesibles para la mayoría y asociados a grandes empresas o dependencias gubernamentales.
La formación consistía en perforar tarjetas IBM con información codificada. El procedimiento exigía precisión absoluta: un error en la perforación implicaba desechar la tarjeta completa.
El teclado como disciplina
Fue en ese contexto donde tuve mi primer contacto sistemático con la máquina de escribir. Antes de iniciar las clases, para adquirir soltura en los dedos, repetía una frase completa que funcionaba como ejercicio mecánico:
Pedro Díaz Gutiérrez, Culiacán 40, Planta Baja, colonia Hipódromo Condesa, Zona Postal 11, México, Distrito Federal.
Esta línea cubría lo ancho del renglón.
Así que la escribía una y otra vez. En ese momento no tenía ningún significado especial; era simplemente una práctica para ganar velocidad y exactitud. Nunca escribí con los dedos adecuados como cuando estudias mecanografía, pero la práctica pudo sustuir ese detalle. Con el tiempo comprendí que aquella disciplina física —el hábito de teclear sin vacilación— sería decisiva en la redacción de notas y crónicas años después.
Mientras tanto, mi madre continuaba gestionando oportunidades educativas. Intentó conseguir becas para que mis hermanos y yo ingresáramos a escuelas privadas. No siempre lo logró. Mi promedio de secundaria no alcanzó para acceder al Colegio Alemán, pese a sus gestiones. Salí de secundaria con 7.4. Ni cómo ahudarme.
Aun así, persistió en la búsqueda de alternativas para cada uno de nosotros. Vecinos del edificio la ayudaban a redactar solicitudes, a llenar formularios, a reunir documentos con el cuidado necesario. No se trataba de aspiraciones abstractas, sino de decisiones concretas: ampliar nuestro horizonte mediante herramientas educativas.
Aprender a leer la lógica del mundo
Esos años, entre 1974 y 1983, estuvieron marcados por una combinación de disciplina técnica y formación pública. Aprendí a perforar tarjetas y a escribir con velocidad, pero también a observar la ciudad, a escuchar conversaciones, a entender el valor del esfuerzo sostenido.
La tecnología, entonces rudimentaria, me resultaba fascinante; no por su modernidad, sino por su lógica. Había un orden detrás de cada código.
En retrospectiva, aquel aprendizaje temprano en computación no sólo me dio habilidades técnicas. Me familiarizó con la idea de que los cambios tecnológicos transforman oficios completos. Décadas después, cuando incorporé herramientas digitales a la operación editorial y comencé a impartir cursos de inteligencia artificial en la redacción de Excélsior, comprendí que el puente entre las tarjetas perforadas y los algoritmos contemporáneos no era tan largo como parecía.
Ambos mundos exigen comprensión estructural, adaptación y método.
El punto de partida
En 1983, con 22 años, ingresé como auxiliar de redacción a unomásuno.
El tránsito desde Culiacán 40 hasta aquella redacción fue un salto improvisado, pero había una preparación previa, disciplina en el teclado, hábito de observación y una convicción silenciosa sobre el valor del aprendizaje continuo.
Cuando crucé la puerta del periódico, no comenzaba desde cero. Llegaba con una base invisible, construida en años de repetición, estudio técnico y la determinación de una madre que había decidido anticiparse al futuro.
Cartas para una novia que no era mía
(CCH Naucalpan, 1976–1980)
Ingresé a la preparatoria en 1976. Me tocó el CCH Naucalpan. Mi número de cuenta es 7732172-9. Lo recuerdo completo. En la UNAM el número no es un trámite administrativo; es una marca de identidad. A partir de entonces dejé de ser únicamente el hijo de doña Mati en Culiacán 40. Fui también una combinación de cifras que me inscribía en una generación.
El turno 04 era de cinco de la tarde a nueve de la noche. Para llegar debía cruzar la ciudad.
Salía de la colonia Condesa y tomaba el camión en el Parque México rumbo a Marina Nacional, a la altura de Tacuba. Ahí abordaba un autobús foráneo que llevaba en el parabrisas un nombre largo y preciso: México–Tacuba–Huixquilucan y anexas. El trayecto era extenso. Ciudad y periferia se mezclaban en las ventanas. Obreros, estudiantes, empleados, señoras con bolsas del mercado. La tarde se consolidaba mientras avanzábamos hacia Naucalpan.
Después de mucho tiempo llegábamos a la calle 16 de Septiembre, ya cerca del CCH. Bajaba con otros estudiantes y caminábamos el último tramo. El turno vespertino tenía un ritmo distinto: no era la energía fresca de la mañana, sino una mezcla de cansancio y expectativa. Estudiábamos cuando el resto de la ciudad regresaba a casa.
En esos años yo escribía un diario. Una hoja diaria, durante casi dos años. No era un proyecto literario ni una disciplina consciente; era una necesidad. Registraba lo que veía, lo que escuchaba, lo que pensaba. Todo lo que nos sucedía. Los autos nuevos, las chicas preciosas con las que te topabas. A veces era minucioso; otras, desordenado. Escribía sin puntos, sin comas suficientes, sin saber todavía que la puntuación es respiración. Pero escribía. Todos los días.
En el CCH tuve un compañero que estaba enamorado. No recuerdo su nombre ni su rostro con precisión. Lo que recuerdo es su estado permanente de ansiedad: hablaba de ella con insistencia, describía sus ojos, su manera de caminar, el tono de su voz cuando se despedían en la noche.
Un día me pidió ayuda.
—Es que no sé cómo decirle lo que siento.
Nos sentábamos en las bancas, con los cuadernos profesionales tamaño carta sobre las piernas. Él hablaba. Yo escuchaba. Me decía qué le gustaba de ella, qué le había dicho ese día, qué temía perder. Mientras tanto, yo tomaba una pluma y empezaba a escribir.
No eran versos. No eran citas aprendidas. Eran textos directos, construidos con lo que él me acababa de confiar. Yo organizaba sus emociones, les daba orden, buscaba una frase de entrada, una línea final. Sin saberlo, estaba editando sentimientos.
Cuando terminaba, arrancaba la hoja con cuidado. Él la copiaba en su propio cuaderno, con su letra. Después rompía la página original. Por la noche se la entregaba a su novia.
Le gustaban. Me lo decía al día siguiente con una mezcla de alivio y entusiasmo. Y entonces, casi como una rutina, volvíamos a empezar. Se hizo costumbre que yo escribiera cartas de amor para una novia que no era mía.
No había celos ni ironía. Era un ejercicio. Yo no estaba enamorado de ella; estaba concentrado en la construcción del texto. Aprendí algo elemental: escribir no siempre es hablar de uno mismo. A veces es prestar la voz.
Ese aprendizaje me acompañaría después en la redacción de perfiles y entrevistas. El periodista escucha, traduce y devuelve una versión ordenada de lo que otro siente o piensa. En esas bancas del CCH estaba ensayando esa operación sin saberlo.
El diario continuaba por las noches. Llegaba a casa tarde, después del trayecto inverso, y antes de dormir escribía la hoja correspondiente. Hubo días rutinarios y otros que exigieron más espacio.
En 1979 ocurrió el accidente de aviación en la Ciudad de México. La noticia sacudió la ciudad. Yo no me limité a la hoja habitual. Escribí nueve, diez, quizá doce páginas seguidas. Necesitaba registrar cada detalle que escuchaba en la radio, cada versión, cada comentario. Fue la primera vez que un hecho público me obligó a extenderme. No sabía todavía lo que era una cobertura, pero ya estaba cubriendo. Escribí todo lo que sentía por María Dolores, nuestra vecina, quien nos dijo adiós en ese fallido vuelo del Tecolote.
Leía al día siguiente lo que había escrito y encontraba excesos: frases interminables, adjetivos innecesarios, puntuación ausente. Era un entrenamiento sin maestro visible. El cuaderno era mi taller y también mi archivo.
Fuera del aula, con el grupo de amigos de la colonia —los Culiacanos— teníamos otro ejercicio. Cada travesura, cada aventura mínima, debía ser titulada. No bastaba con contarla. Había que cabecearla.
Gritábamos los encabezados como voceadores de periódico, al estilo estridente de Alarma: exagerados, dramáticos, contundentes. “¡Escándalo en la azotea!” “¡Persecución nocturna en Parque México!” Era un juego, pero implicaba síntesis. Reducir la anécdota a una línea impactante. Y casi siempre aludíamos a un grupo de vándalos, que éramos nosotros, con la frase final, tipo periódicos: "Iban bien drogados", aunque, qué ironía, en ese entonces no concíamos las drogas. O sí, pero no las consumíamos.
Ahí entendí que el título no es adorno: es puerta de entrada.
Entre el diario nocturno, las cartas por encargo y los titulares improvisados, fui acumulando páginas. Cientos. Sin plan editorial, sin pensar en una carrera. Escribía porque era la forma más directa de ordenar el día.
Cuando años después entré al unomásuno de Manuel Becerra Acosta, como auxiliar de redacción, no llegué en blanco. Llevaba detrás ese entrenamiento silencioso: escuchar a otro y convertirlo en texto; registrar un acontecimiento hasta agotarlo; sintetizar una historia en una frase.
Había escrito durante dos años una hoja diaria. Había redactado cartas de amor para una novia que no era mía. Había gritado titulares en la calle como si vendiera periódicos.
Nada de eso figuraba en un currículum. Pero ahí estaba la base.
El oficio no comenzó el día que crucé la puerta de la redacción. Comenzó en un camión que avanzaba hacia Naucalpan al caer la tarde, en un cuaderno profesional donde ordené sentimientos ajenos y en un diario escrito sin puntos, cuando todavía no sabía que la escritura sería mi manera de estar en el mundo.
Ese fue el punto de partida.
Lo que ocurrió dentro de unomásuno pertenece ya a otra historia: la de un periódico que quiso cambiarlo todo —y que, en el proceso, también me cambió a mí.
unomásuno: el periódico que quiso cambiarlo todo
Nació de una herida.
En 1976 el golpe contra Excélsior dejó a una generación de periodistas fuera de su casa editorial y frente a una pregunta brutal: ¿se puede hacer periodismo libre en México? La expulsión de Julio Scherer no fue sólo un movimiento empresarial; fue un mensaje político. La redacción quedó partida. El país entendió que la prensa tenía límites invisibles.
De esa fractura surgió una idea que no era defensiva, sino desafiante. No fundar un refugio. No replicar el pasado. Fundar un proyecto.
Así, en noviembre de 1977 apareció unomásuno, bajo la dirección de Manuel Becerra Acosta. No era sólo un diario: era una declaración de principios.
Desde el primer número quiso ser distinto. La diagramación rompía con la solemnidad tipográfica de la prensa tradicional. La fotografía dejaba de ser ornamento para convertirse en argumento. El lenguaje se sacudía el polvo del boletín oficial. El reportaje recuperaba espacio y dignidad. En un país acostumbrado a la prudencia impuesta, el diario apostaba por la crítica abierta.
Era un periódico de izquierda, sí, pero no panfletario. Convivían en sus páginas intelectuales, cronistas, fotógrafos y reporteros formados en la investigación dura. El suplemento Sábado, dirigido por Huberto Batis, consolidó un laboratorio cultural irreverente: literatura, erotismo, crítica, debate. Allí respiraba una generación que no pedía permiso.
Durante sus primeros años, unomásuno fue sinónimo de modernidad periodística. Se leía en universidades, en redacciones competidoras, en cafés donde se discutía política como si fuera boxeo. Se convirtió en escuela. De sus filas surgirían proyectos decisivos como La Jornada.
Pero todo proyecto nacido de una ruptura arrastra sus propias fracturas.
Yo entré cuando el mito ya respiraba
En diciembre de 1983 crucé la puerta del periódico. Tenía 22 años. Venía de una educación pública que me había enseñado a pensar, pero no a escribir con urgencia. Entré como auxiliar de redacción. Eso significaba aprender desde abajo: revisar pruebas, perseguir datos, asistir a quien lo necesitara.
La redacción era un organismo vivo. Se discutía de política como se discute de fútbol. Se hablaba de cooperativas, de democracia interna, de deuda fiscal, de publicidad oficial. Yo escuchaba. Aprendía el tono. Aprendía el silencio.
Mi primer territorio fue la sección deportiva, dirigida por Ramón Márquez Carbajal. Allí fui aprendiz de reportero. Me asignaron boxeo y automovilismo, dos mundos opuestos y complementarios.
El boxeo era México comprimido en doce rounds. Cubrí peleas de Julio César Chávez, del Maromero Páez, del Chiquita González, de Gilberto Román, de Miguel Ángel González. Aprendí a escribir al ritmo del jab, a describir la tensión del vestidor, a escuchar el murmullo del público antes del primer campanazo.
La Fórmula Uno, entre 1986 y 1990, era otra cosa: patrocinadores, ruido metálico, la velocidad como espectáculo. El Autódromo Hermanos Rodríguez vibraba y yo aprendía que una crónica podía ser técnica sin perder emoción.
Pero el verdadero aprendizaje estaba en el ambiente general.
El ideal cooperativista y las primeras grietas
unomásuno fue constituido como cooperativa. El ideal prometía horizontalidad, participación, asambleas abiertas. Era una apuesta ética además de empresarial.
La práctica fue más áspera. Las finanzas fueron frágiles desde el inicio. La publicidad oficial —indispensable para sobrevivir— era también una cuerda al cuello. Los conflictos administrativos comenzaron a filtrarse en la redacción. Las diferencias ideológicas se transformaron en disputas personales.
Yo estaba allí cuando las asambleas se volvieron trincheras.
Mientras adentro debatíamos, afuera el poder observaba.
La presión del Estado
Durante los sexenios de Miguel de la Madrid y, sobre todo, de Carlos Salinas de Gortari, la relación con el gobierno se tensó: deuda fiscal, adeudos con PIPSA, retiro de publicidad, presiones indirectas.
El periódico empezó a moverse en terreno minado. La independencia editorial tenía un costo económico creciente.
En la redacción eso se traducía en incertidumbre. En rumores. En silencios prolongados.
Yo seguía escribiendo crónicas urbanas que Huberto Batis publicaba en la sección Ciudad. Colaboré en Página Uno por encargo de Jorge Fernández Menéndez. Investigué para el libro Diez años de unomásuno. Fui asistente de prensa en la Ruta México 1989 de ciclismo.
Mi vida profesional crecía mientras el periódico comenzaba a agrietarse.
La escisión y el desgaste
Tras la salida de Manuel Becerra Acosta, el giro fue definitivo. La línea editorial perdió filo. Algunos hablaron de oficialización; otros, de simple supervivencia. Los lectores comenzaron a no reconocerse en sus páginas.
Yo permanecí hasta junio de 1990. Salí cuando el periódico aún respiraba, pero ya no era el mismo.
La muerte lenta y lo que queda
En 2002 llegó el desenlace formal. unomásuno murió lentamente: primero en su cohesión interna, luego en su independencia, después en su credibilidad y finalmente en su viabilidad financiera.
No fue un asesinato directo. Fue desgaste.
Y, sin embargo, su legado permanece.
Modernizó el diseño de los diarios mexicanos. Consolidó el fotoperiodismo como discurso. Recuperó el reportaje como género central. Formó generaciones enteras de periodistas. También dejó una lección incómoda: la libertad editorial en México siempre ha estado condicionada por estructuras económicas y políticas.
A veces pienso que mi fecha real de nacimiento profesional es un día cualquiera de diciembre de 1983, cuando crucé la puerta de aquella redacción.
Entré como auxiliar.
Salí como cronista.
Culiacán 40 me dio la repetición y el rigor.
La computación me enseñó lógica y estructura.
unomásuno me dio el pulso, el conflicto, la tensión entre poder e independencia.
El resto ha sido consecuencia.
Ese es el hilo completo.



