2.6.07

Una medalla para Piero


En estos días circula por los kioskos de la capital la revista Caras.
En su portada aparecen los entrañables Tazzer, dueños de una de las historias sublimes que se dan con muy poca frecuencia en el deporte nacional.
Relatos que conmueven, que intrigan, que están llenos de detalles inolvidables, de rezos por Piero, por Gerardo y las dos Annas.
En 1999 tuve esa oportunidad de la cercanía, de la charla. Al final, Anna pidió al fotógrafo y a mí que sacaramos una imágen de Piero de la habitacion del hotel en donde se hospedaban, para publicarla. Para ello nos dio la llave electrónica y toda su confianza. Acudimos y la escena era desgarradora. Sobre el buró la fotografía de su hijo, y en una especie de altar, la caja en cenizas del campeón adolescente, del jinete eterno. Sobre la urna su caballo de peluche, abrazándole junto a las últimas moñas que obtuvo en su gira por Estados Unidos y Canadá.
La fotografía no ocultaba la cantidad de besos que su madre había depositado en esos últimos días en el cristal que protegía al rostro de Piero.
Qué historia.
Subo a este blog como un homenaje a la familia toda, a quien se estremece con las fabulas de este destino roto, aquella entrevista, realizada en la pista de Winnipeg.
Porque no lo olvidamos, porque su sonrisa permanece ahí, donde el corazón guarda sus tesoros. Porque su alegría nos ha sido contagiosa y porque sin él nuestras existencias tendrían sin duda otro sentido, va por Piero.



Aquí estamos, los cuatro (I)
Una medalla para Piero

"Aquí estamos, los cuatro..."


PEDRO DIAZ G./ I


WINNIPEG, 2 de agosto.- De Piero fue la idea. De su insistencia.
Quería, por sobre todas las cosas, estar en Winnipeg. Ver a su padre competir y hacerlo él mismo, juntos, en una gira internacional. Por ello fue que la familia entera, además de planear el viaje con el uniforme de la selección mexicana, compró chamarras porque partiría, "El equipo Tazzer", en pos de la medalla panamericana.

Iniciaría la gira de preparación rumbo a los Juegos el 14 de junio.

Primero, padre e hijo. Gerardo Tazzer salió de México con Piero y les alcanzarían más tarde, por contratiempos con el pasaporte, Anna Rita, su madre, y Anna, su hermana mayor: 16 años.

Montó Piero, todo orgullo, a Fregonero. Una caricia, siempre necesaria, antes de partir de la Agrupación Mexicana Ecuestre, en Lechería, en el largo recorrido hacia Winnipeg.

Primero fue Bromont, Texas.

Muy temprano despertaba el casi adolescente (el 13 de septiembre cumpliría los trece); lo primero era calzarse las botas, enfundarse en el traje de montar, y, envaselinado, esperar la hora de partir hacia el concurso hípico.

Gerardo Tazzer desciende de Liberty. Ha arribado su caballo apenas hoy y son pocos minutos los que emplea para unos cuantos recorridos.

Vence los obstáculos, menores aún, y dice, de pie ante el escenario que siempre le acompaña: una pista de salto, esta vez la del Red River Exhibition, suave, como en lento galope:

-Piero siguió una trayectoria muy parecida a la mía: desde chiquito me acompañaba a montar, le encantaban los caballos. Nos íbamos desde muy temprano, como lo hice yo años atrás con mi padre, don Virgilio Tazzer.

Teníamos, sin duda, una muy bonita relación. Era un niño extraordinario, bueno como ninguno: siempre con un buen gesto hacia los demás. Siempre pensaba en entregar algo de sí.

Se unen a la charla su esposa, Anna Rita González de Tazzer, y su hija Anna.

-...Venimos con el sueño de una medalla. Pero el estar aquí es, básicamente, por la ilusión de cumplir. Estamos en Winnipeg porque nuestro cometido como familia era venir los cuatro a Juegos Panamericanos. Entonces dijimos, vámonos, no importa en qué forma. Costó trabajo, dinero. Muchos planes.

Bromont le significó tres premios: un segundo sitio, un tercero y un sexto, en el Gran Premio de Niños.

Cada día mejor le acomodaban los obstáculos; a cada zancada de Fregonero, más le gustaba su caballo.

-Es -les decía a sus padres con orgullo- tan fregón como yo.

De ahí, a Quebec.

Envió un fax Piero a su madre aquella noche del 31 de mayo, antes de que partieran de México:

"Tráete tus botas, te voy a prestar al Fregonero: This is real paradise...."

Dice toda emoción Anna Rita Tazzer:

-Todas esas cositas, tontas antes, tienen un significado que hoy nadie puede imaginar...

Se celebraba en la ciudad el "Canada's day", había gente en las calles cantando, fuegos artificiales en el cielo...

En el torneo de la Exposición Equina de Quebec, el jueves, Piero consiguió una primera vuelta limpia. Pasó en tercer sitio a la ronda del desempate.

Fue en la segunda vuelta.

Lo narra Gerardo Tazzer:

"Venía el obstáculo uno. El caballo se enlazó hacia atrás, tropezó con la barra, cayó el niño y Fregonero, desgraciadamente, después de él: dio un giro hacia el frente, de rodillas, hizo una marometa y le cubrió. Piero no se pudo mover. Nada. Corrimos. Estaba completamente inconsciente: con la cabeza ya... con el cráneo roto. Seguía vivo pero poco hubo que hacer.

Estaba su mamá, mi hija, que llegaron el día anterior en la noche: lo vimos. Inmediatamente llegaron ahí las asistencias, pidieron una ambulancia, le llevamos a un hospital, especializado, pero a la hora nos lo informaron: se le había ido la vida.

Gallardo lucía Piero con su saco negro. Una semana antes logró el subcampeonato en el Clásico Infantil de Bremont.

-Y como un código de honor -agrega Gerardo Tazzer- dijimos, no importa: de una forma o de otra estamos los cuatro. Uno en cenizas y los otros todavía vivitos y coleando, pero estamos los cuatro.

-...Y el caballo -agrega Anna, hermana mayor-. Fregonero se quedó muy triste. No quería ni comer: cinco días sin hacer nada, sólo mirando, cabizbajo, a la pared.

Piero también está en Winnipeg. Les espera, cada noche, en esa pequeña caja laqueada donde permanecen sus cenizas, sobre la cómoda de la habitación, en el hotel: las moñas últimas que obtuvo, sus fotografías y un pequeño caballo de peluche, que aún le abraza.

Tiene el cristal de la fotografía los besos sobre Piero.

-Lo más duro es al amanecer: cuando llegas vas con toda la energía de la gente. Sientes el amor de quienes te rodean. Tenemos mucho por hacer, todavía: una hija maravillosa, que eso también te anima, y la gente que ha venido a acompañarnos. Todo esto te mantiene el día ocupado, distraído y muy acelerado: y la caballeriza, y la acreditación, y ya llegó el amigo y vámonos a comer. Te da una energía tal que llegas cansadísimo y te duermes.

Le damos un beso al niño, rezamos juntos un Padre Nuestro, que a él tanto le gustaba antes de dormir. Pero cuando amanece dices: chin, otro día. Y si es cierto: como que el espacio en el que duermes es un lapso que no sientes, que piensas inexistente. Los amaneceres son, sin duda, más difíciles.

Escuchan con atención los reporteros.

Es un ánimo extraordinario el que se lee en el gesto de los Tazzer.

Dice Anna Rita:

-En esos días, de vacío incontenible, de desazón, la primera llamada que recibí fue de un fotógrafo profesional. Yo no estaba en el hotel: pregunté y me dijeron que me estaban buscando: él entró clandestino al concurso: no tenía acreditación para tomar fotos, y sin embargo, lo hizo, las iba a vender por abajo del agua. Son, las verán ustedes, enfundado en su playera azul y con el brazo de su padre al hombro, las más lindas que tuve en mi vida. Observa su mirada y me vas a entender. El, estamos seguros, está bien. Y si por él se hizo la gira lo primordial es terminarla. ¿A qué regresar a México?, ¿a meterte debajo de la cama a llorar y a deprimirte.

No.

Lee una copia de lo publicado la familia Tazzer:

Escribió Ramón Márquez C.:

"No se ha ido Piero. Sólo se viste de eternidad".

-Qué lindo. Es lo más lindo que he leído en mi vida.

No se ha ido:

Lo explica Anna Rita, a su manera:

-Es duro, pero ¿sabes?: cuando, por ejemplo, ahorita paseamos por aquí y de pronto surge un arcoiris, lo ves y es fascinante, como lo era Piero; cuando se va te quedas como fascinado de haberlo visto: es muy duro y muy triste pero al mismo tiempo nos deja llenos de una alegría especial. La que Piero nos dio siempre.

Y Gerardo Tazzer:

-En palabras textuales, era el chavito más buena onda que te puedas imaginar.

Están aquí, los cuatro.

Vienen por una medalla.

Para Piero. Porque de él fue la idea; de él tanta insistencia.

posted by Pedro Díaz G. | 4:53 PM | 0 comments
Volver a montar (II)
"Estamos aquí, los cuatro..."

Lo más duro: volver a montar...


PEDRO DIAZ G. /II


WINNIPEG, 3 de agosto.- Pasean tomados de la mano Gerardo, Anna Rita y Anna Tazzer por los senderos del Red River Exhibition arropados por las palabras siempre de aliento de quienes a su paso se les cruzan a toda hora desde aquel primero de junio cuando dijeron adiós a Piero, quien montaba a Fregonero.
Lo único que han sentido desde entonces es el apoyo moral siempre tan necesario de quienes ayudan a mitigar las penas.

Han viajado amigos a buscarles con la intención de aminorar angustias y lo logran. Llamadas vía telefónica. Abrazos a la distancia. Palabras de consuelo.

Va por Piero.

-...Porque él sería el hombre más feliz del universo -dice su padre- por estar en este ambiente que tanto le gustaba: las banderas. Ustedes tomando fotografías. Todo lo que se vive dentro de la familia ecuestre que es grande y se ha vuelto ya internacional. Las medallas...

Tuvo Gerardo Tazzer su momento olímpico y lo quiere repetir.

El bronce en los Juegos de Moscú no sólo ha sido suficiente para que las autoridades le hayan entregado en 1980 el Premio Nacional del Deporte que comparte con el equipo ecuestre sino que ha logrado colocarse entre lo más destacado mundialmente dentro de las competencias de salto.

Lo sabía Piero y acaso por ello su impulso fue emularlo.

Acaso por ello también se dibujó en su rostro una amplia sonrisa al volver de Europa el verano pasado y ver al bello cuarto de milla que le esperaba en casa y del que no dudó llamaríase Fregonero. Le había conocido en un concurso en Guadalajara.

-Se lo regalé cuando cumplió los once -comenta Gerardo Tazzer mientras camina después de montar a Liberty- y de inmediato comenzó a cabalgarlo.

Lo tuvo una semana a prueba. Y fue tal su entusiasmo que pronto niño y caballo eran ya uno sólo.

Quiso Piero que el pasado abril fuese su primera comunión. Día 30. En descampado se reunieron los amigos.

-A su lado, libre, precioso -dice su madre- trenzada la crin blanca, le observaba su caballo.


Para mí el deporte ecuestre es la vida entera; no me veo lejos de la equitación, no me imagino. Desde chico me ha gustado y de a poco se ha ido convirtiendo en parte de mi vida.

Por eso no, no es sólo un deporte: es mi manera cotidiana de vivir.

Apasionante, de entrega, de estar ahí todos los días. Porque a diario se trabaja en conjunción con los caballos.

Provengo de una familia de rancho: mi padre, don Virgilio, era ganadero; en los ranchos, que los hubo varios, yo montaba charro, en un principio, y fue él quien empezó a montar en albardón. Porque sillas hay muchas: la charra, texana, albardón, portuguesa... Y a mí me gustaba mucho verlo a él.

Acompañarlo.

Así fue como empezó esta historia: desde el primer día que monté albardón, hasta ahora, no lo he dejado.

Nací el 12 de diciembre de 1951 en el rancho San Francisco, allá en Tepozotlán y luego, yo creo, ya no recuerdo, cuando tenía cinco, seis años, nos cambiamos. Fuimos a vivir a México. Mi padre, primero ganadero, después se dedicó a bienes raíces.

Junto con mi madre, Rosaura Valencia, un día me sorprendieron: me obsequiaron cuando cumplí diez años dos caballos: La canica y el Nazas.

Me metí de lleno a este maravilloso mundo.

Ahora pienso que realmente de todos los caballos que he tenido, ninguno se convierte en favorito. No porque el deporte es muy difícil; a veces se van: mueren o se venden. Y así no puedes tener preferencia especial por alguno.

Todos son parte del deporte y todos son realmente no sólo consentidos, sino muy consentidos.

Pero no siempre fue así: en una ocasión, sentí el dolor del desapego: la primera muerte de una yegua muy buena que montaba solamente yo, Arjala, me costó mucho dolor.

Pero después comprendí que así es la equitación y que los caballos se van: murió de cólico, como de cólico mueren el 80% de los caballos. Y en aquel tiempo más, pues no había las operaciones que se hacen ahora, no había los medios. Y la comida que se les daba ayer no era tan buena.

Tuve que superar aquella muerte. Y fue mi padre quien habló conmigo: así son los caballos, me dijo, pero la vida sigue.

Fui entendiendo que hay que vivir con eso.

Igualmente con los caballos que uno tiene no debes apegarte tanto, porque en un momento determinado se tendrán que vender. En México no existen patrocinios y entonces, desgraciadamente, en cuanto hay una buena oferta no podemos salvarlos.

De mi padre vinieron las palabras reparadoras. Yo estaba prácticamente todo el día, salvo el tiempo de la escuela, al lado de él. Platicábamos mucho y él me lo hizo entender.

No recuerdo con exactitud sus palabras, pero sí lo que sucedió: desapareció la angustia, la preocupación, toda esa tristeza de vivir la pérdida de un caballo. Pero así son: unos van y otros llegan; y si se va uno muy bueno pues vendrá otro mejor y hay que trabajar con ellos.

Yo me levantaba a las cinco y media de la mañana, para irme a montar primero, y después llegar a la escuela. Mi padre me llevaba, mientras él conducía, ya casi a las siete, me cambiaba el traje de montar por el uniforme de la escuela, el Instituto Cumbres; porque entonces ya vivíamos en Las Lomas.

Llegamos a la ciudad, casi no me acuerdo, a los cuatro o cinco años. Don Virgilio, mi papá, montaba también, y a nivel deportivo: no a nivel internacional, pero sí hizo algunas competencias ecuestres.

Eran otros tiempos.

A Anna Rita la conocí a través de una amiga, Lourdes Ariza, que también montaba. Fue, donde más, en un concurso. Y me la presentó, comenzamos a salir, y empezó también a montar. Le gustó la equitación, qué bueno, porque de otra manera no nos hubiésemos casado. Comenzó a practicar e hizo una muy buena carrera deportiva. Lo recuerdo muy bien: desde el primer día empezó a montar.

Y es que no fue fácil. Yo tenía interés en ella, pero aunque traté de que aceptase mi invitación, durante un buen tiempo, nunca quiso salir conmigo.

Conseguí esta cita y desde ahí pa'l real. Tenía yo 23 años. Afortunadamente le gustó. Porque el mundo de los caballos es de una entrega total: es salirte de todo lo demás, no tienes tiempo para otras cosas; el trabajo que tienes que hacer, los estudios, y la montada. Párale de contar.

Yo hice economía, ciencias de la comunicación social y tres años de administración. Y después tuve que decidir: montar o estudiar. Eso fue a los 21 años, cuando gané mi primer concurso, en 1961, en el club Hípico Viveros de la Loma, allá por Satélite.

Por eso creo que la trayectoria de Piero y la mía son similares.

Y yo lo notaba: desde que comenzó a montar a Fregonero cada vez estaba más contento. Le fue muy bien: empezó a ganar, a concursar: se convirtieron para él, otra vez, igual que para mí, en toda la felicidad: los caballos...

Después de Quebec, sí te lo voy a decir: fue muy difícil. La imagen que aún tengo del accidente, pues lo vimos todos, nadie nos lo contó, no se me quita. Y claro que enfrentar el momento posterior, cuando debes volver a subir a un caballo, es lo más duro. Haber montado otra vez, concursado, fue muy duro. Lo he estado superando, poco a poco. No te voy a mentir: te dan ganas, por supuesto, de decir no vuelvo a montar.

Pero eso pasa y pensando que Piero está muy bien y que ahora está donde mejor puede estar; sobre todo recordándolo con alegría, creo que esto es lo que él hubiese querido: que sigamos adelante: le estamos echando muchas ganas.


Son las Annas, como hermanas. Madre e hija auxilian en cada detalle al jinete de sus ensoñaciones, Gerardo Tazzer, y los abrazos que le prodigan encuentran eco en su sonrisa.

Capta el reportero gráfico el momento en que acomoda las botas.

-Pero mete la panza, gordito -le dice ella.

Todos ríen.

Ahí, muy cerca de las caballerizas y con el tiempo encima porque hay que seguir entrenando, dice Anna Rita Tazzer:

-Algo que me da una tranquilidad muy especial: el día de su primera comunión él quería hacerlo en el club hípico, que tenemos ahí, en un lugar muy sencillito, su casa, y pidió que estuviera presente su caballo. Que fue con el que murió. El Fregonero estaba suelto, trenzado de blanco, precioso, ahí, mirándose mutuamente. Habría que haberlos visto.

Volver a montar... los tres lo hacen.

-Monté a Fregonero, que se quedó, después del accidente, casi una semana sin comer. Cuando lo digo piensan que estamos contando un cuento, pero de verdad: el caballo está más triste que yo que soy su mamá: créanmelo, estuvo metido en su caballeriza, nunca se dio la vuelta, sólo mirando a la pared. Todo el tiempo. El primer día que lo saqué, como si estuviera lastimado. No quería ni caminar: tenia el dolor por dentro. Yo lo sé. Ya se fue a México pero me acompañó el resto de la gira, así, literal: me acompaño: mi ilusión cada día era levantarme e ir a verlo; llorar juntos, un poco. Y hacerle entender, a él también, que la vida tiene que seguir.

posted by Pedro Díaz G. | 4:51 PM | 0 comments
Va por Piero (III y último)



"Estamos aquí, los cuatro..."

Va por Piero...


PEDRO DIAZ G./Enviado III y última


WINNIPEG, 4 de agosto.- "Guapo como él sólo -dice de Piero su madre Anna Rita y se explaya con la pasión reflejada en cada gesto y el asombro de su hija Anna, que la observa con ternura-... Y no, no es que yo me sienta mamá gallina o que lo idealice porque no está más, pero era un niño excepcional. Puedes preguntarle a todos cuantos le conocieron... Sólo hay algo que me duele, y mucho: si yo pudiera transmitirles en palabras el sueño que él tenía para ser como su papá; es doloroso... eso es lo que me cuesta más trabajo. Sé que Piero está bien. El no veía más lejos que llegar a ser como Gerardo. Y, eso, es un dolor que no se imaginan...
Tuvo problemas para comenzar a leer, el niño Tazzer. Se levantaba amodorrado, en ocasiones, confiesa su madre; "niño al fín". Pero ya en plena gira, recibió Anna Rita un comunicado de su escuela y de inmediato lo transmitió vía fax a su pequeño. Eran las calificaciones; inscrito en el colegio Americano, tuvo el desempeño más alto, en matemáticas, para niños de su edad.

-Le hicieron un estudio sicológico y salió con un IQ altísimo: en plan terreno es una pérdida como hijo y como niño. Era bueno para la equitación; y como muy sabio. Siempre alegre, siempre positivo. Nuestra tristeza, nuestro dolor, por ello, está acompañado de una fuerza muy especial.

Parecerá increíble entenderlo porque tenía doce años, pero en las decisiones de familia, las importantes: una gira a Canadá o a Europa, vender la casa o no venderla; comprar un coche o no hacerlo, en todo ese tipo de cosas, él participaba en forma activa.

-Y como hermano -agrega Anna- siempre fue un niño padrísimo.


Estuve a punto de quedarme paralítico.

Fue el año pasado, en un concurso en la Defensa, de selección para los Centroamericanos; durante el calentamiento reparó el caballo y caí; me rompí la séptima vértebra. Fui a dar al hospital y el doctor Francisco Montalvo me hizo una operación muy buena: permanecí internado. A las tres semanas ya estaba yo caminando perfectamente bien.

Piero hizo el viaje de su vida: se fue a Europa en esos días, el verano pasado, y regresó muy contento: estaba feliz y me decía que no había pasado muy bien en sus pruebas porque le habían dado un caballo que rehusaba un poco. Y lo que más contento le puso fue que regresando ya tenía yo, aquí, a "Fregonero".

Se fue solo, con amigos de México: Jorge Berganza, Ana Portilla, los niños García y Jorge Goñi. Todos fueron a concursar solos. Los llevó un amigo mío, jinete brasileño, Filipinho de Acevedo. Hicieron una gira muy bonita.

A su regreso yo me fui al Mundial a Roma, le fui a ayudar a Federico Fernández. Piero me hablaba por teléfono para decirme que ya había ganado con su caballo: estaba orgulloso de seguir montando.

Y qué bueno.

Porque cuando tenía ocho, o nueve años, se cayó del caballo.

Y el susto fue, para él, enorme: estaba muy chiquito.

Y no, no dejó de montar, pero sí perdió un poquito de entusiasmo.

Hasta que llegó "Fregonero".

Te lo voy a decir: es muy bonito, indescriptible el verlos, sobre todo por la felicidad que los niños tienen en el momento en que están contentos... y luego siguió concursando y cada vez con más entusiasmo, mejor, y ahora sí que más picado día a día.

Fue una yegua que tenía, un poco grande, saltó una barrita y cayó un poco de cabeza, pero no fue nada grave. Luego eso se le olvidó por completo y estaba ahí el niño, siempre con sus caballos.

Tras montar a "Fregonero" no tuvo ya, nunca, sino el deseo de ganar.


Cuando yo me uní a Gerardo supe que mi vida iban a ser viajes, competencias. Le costó trabajo convencerme, es cierto. Pero fue porque yo también tenía mi vida un poco estructurada hacia otras cosas. A mí me gusta mucho cantar y tendía hacia ese ambiente.

Pero cuando Gerardo se me cruzó en el camino, me gustó más él y aquí estoy: dejé cosas que me gustaban también mucho. Y empecé a montar, a competir.

Y estoy encantada en esto.

Nuestro noviazgo fue, sin duda, muy romántico.

Hoy estamos aquí juntos los cuatro. Agradeciendo cada gesto.

Si algo tuve ganas de hacer fue hablar a la gente de EL UNIVERSAL, y darles las gracias. ¿Sabes?: en una pérdida así que alguien tenga la prontitud de decir una palabra amable, de tomarle la importancia al niño, como para nosotros la tiene, es muy lindo.

Y las palabras que alcancé a leer, en un momento tan difícil, no tienen idea de cómo me llegaron.

¿Cómo nos irá?, tú sabes que en esto nunca hay nada escrito. Pero estamos haciendo el esfuerzo de nuestras vidas; el caballo, "Liberty", está en buenas condiciones, el lugar está lindo y ahora sí que con una manita del cielo, igual y tenemos un poquito de suerte.

Le conocí en el mundo de los caballos, que pronto hice mío. Supe que me esperaban viajes, competencias. Así empezó y así quiero que acabe. Esto, en vez de truncarnos la carrera, nos la va a animar. Hasta que Dios nuestro señor lo quiera.


Te voy a decir que mi hijo lo que más deseaba era estar en Winnipeg: hacer la gira con nosotros, que estuviéramos toda la familia juntos, montando, y verme ganar los Panamericanos.

Decidimos que teníamos que seguir adelante. Lo que él hubiera querido es no vernos tristes, y, pues, aquí estamos.

No todos los días han sido buenos, los hay malos: sobre todo ratos malos.

Pero por fortuna mi esposa es una persona fuerte, muy inteligente, lo ha tomado muy bien. Y aquí seguimos.

No. Nunca he pensado en dejar la equitación: esto es mi vida.

Aquello de Moscú fue muy bonito y todo, pero ahora, con la calidad de caballos que hay, creo que podemos conseguir algo muy bueno: ahorita tengo una excelente yegua, "Chanel", y creo que podría ser con la que me retire internacionalmente: es, estoy seguro, la que me va a dar los más grandes triunfos de mi vida.


Misterioso caballero, éste, llamado "Destino".

Caprichoso en sus designios, traza senderos sin regla alguna y después los une. A su libre albedrío. Adopta cualquier forma para cumplir con su cometido. Así sucedió con la medalla de bronce que obtuvo, para México, el equipo de Salto en Moscú 1980: Alberto Valdés, Jesús Gómez Portugal, Gerardo Tazzer y Joaquín Pérez de las Heras.

Ya, don "Destino" lo ha hecho una vez más.

Pone a prueba nuevamente a su jinete.

Piero espera una medalla.

"Fregonero" ha vuelto a casa.

Se despide la familia Tazzer; casi es tiempo de iniciar la competencia. Una noche más, algunas oraciones; beso al niño y comenzará Gerardo Tazzer la prueba más exigente en toda su existencia. En la pista del Red River Exhibition.

-Esto es una cosa de la vida y yo creo que Dios quiso que así fuese. A nosotros nos queda, únicamente, continuar.

Anna Rita:

-Y por ahí, si van a México, les pido que vayan a ver a la Virgen de Guadalupe, y se echen una oración por mi niño y por mi marido. Piero ya está bien, lo sé, ahora al que hay que apoyar es a Gerardo. Nosotras -abraza a su hija con cariño- lo haremos con todo nuestro amor.

Monta a "Liberty" Gerardo Tazzer; trota el tordillo hacia la pista.

Va por Piero.

28.5.07

El mito de JC: el ídolo de papel periódico


El otro perfil de Julio César Chávez. Desde sus anhelos infantiles hasta los múltiples juicios que ha debido enfrentar. Vinculado con amigos narcotráficantes, sin embargo, jamás se encontraron pruebas contundentes en su contra. Varias facetas escondidas, inéditas u olvidadas, del ex campeón que está de regreso, ahora en las pantallas

Por Pedro Díaz G.
pedrodiazg@eme-equis.com.mx

Estampa uno. La infancia. Mamá Isabel sólo le acariciaba la cabeza, mientras enjuagaba y volvía a enjabonar los bultos de ropa ajena, al escuchar al pequeño, que le decía: “amá, cuando yo sea campeón del mundo le voy a poner su casa y le voy a dar todo lo que usté quiera…”
Ya traía en las venas las ganas de pelear, ya veía aquel niño al boxeo como la única puerta que le conduciría a la gloria: el cuarto hijo de once del matrimonio Isabel González y Rodolfo Chávez Lizárraga nació el 12 de julio de 1962 en Ciudad Obregón, Sonora.
Fue bueno para el futbol. Pero cuando lo provocaban, lo encontraban. Para evitar ser expulsado no reclamaba durante el partido, pero en alguna ocasión al finalizar a un niño le quebró la quijada por lo que le bautizaron como Míster Nocaut. Inquieto como todos, le gustó el deporte, sobre todo el beis y el volibol, donde inclusive era de los primeros seleccionados, por sus aptitudes. Pero sería el boxeo el que lo marcaría. Por pasar todas las tardes en las calles, vagando, jugando todo el día, Julio César no fue el estudiante modelo. A los diez años comenzó a trabajar. Vendía periódicos. Y de cada peso que ganaba, la mitad era para su madre. Con el resto compraba sus libros y cubría algunas de sus necesidades.
Terminaría la preparatoria, sí, pero apenas, pues el pugilismo le atrapó y comenzó a entrenar a escondidas de su madre. “Confieso que al principio no me gustaba, pero se me fue metiendo porque veía a mi mamá sufrir con el gasto y al planchar la ropa ajena para ayudarle a mi papá. No nos estábamos muriendo de hambre, pero sí había muchas necesidades. Y como dos de mis hermanos, Roberto y Rafael se dedicaban al box, pues yo también le entré”, ha dicho cuando de hablar de sus primeros años se trata.
Su padre, quien trabajó en Ferrocarriles Nacionales, de Sonora fue trasladado a Mazatlán, y más tarde a Culiacán. Y hasta el gimnasio del profesor Ramón Félix llegaría el joven JC, sobre todo enmuinado por las golpizas que de vez en vez veía que otros púgiles le aplicaban a sus hermanos. Quería, por supuesto, vengarse, y por ello les prometió que sería boxeador, y de los buenos. Yo sí ganaré todas mis peleas, se ufanaba.
Y sí. Pero antes, a sus 11 años, debía enfrentar a Pilar, quien de 14, era una de las peleadoras más aguerridas del gimnasio. Era hermana de Juan Antonio López, boxeador afamado en Culiacán, y que, tras las repasadas que le daba la chica al pequeño Julio César, se convirtió en el primer manager del futuro campeón del mundo.
Pero el dinero no llega por carretadas a los gimnasios para los incipientes peleadores. Así que Julio César Chávez primero fue voceador, después ingresó a las filas de lavacoches, fue pintor de casas y vendedor de tortugas caguamas preparadas, en épocas de Semana Santa. Y es ahí donde conoció a quien sería su esposa, Amalia Carrasco.
Una vez dentro del boxeo, las cosas se fueron dando con cierta facilidad.
Ganó los Guantes de Oro, torneo amateur en Sinaloa; con trece combates invicto, viajó a México en 1979, para defender su título, pero encontró a Diego Ávila, un boxeador amateur quien sería, por muchos años, el único vencedor de Julio César. Luis Villanueva, el Kid Azteca, estuvo presente en aquella función. Se acercó a Chávez y le dijo, para confortarlo: “Julio, no te preocupes, tú ganaste. Esto es así. Cuídate porque tienes todo para ser campeón del mundo”.
Pero esa derrota nada significó para él, por lo menos en las estadísticas, pues debutó profesionalmente el 5 de febrero de 1980, y derrotó a Andrés Félix, en Culiacán: nocaut en seis asaltos.
Y algo sucedió en Julio César que casi lo arrebata de los cuadriláteros: sentía un cansancio tal al acabar los combates, que muy interiormente decidía abandonar el ring, pero cuando debía externarlo, no lo lograba, pues era mayor que el cansancio y todos los miedos, su palabra empeñada: yo no voy a perder ninguno de mis combates…
Así fue. Con 43 peleas sin derrota se presentó la noche del 13 de septiembre de 1984 como un desconocido para la mayoría de las mexicanos. Y en Los Angeles noqueó al favorito Mario “Azabache” Martínez para ganar su primer título mundial, el superpluma del CMB.
Qué pelea. Si no la más espectacular, sí la que le abría las puertas al mundo de los dólares: acostumbrado a obtener un promedio de 3 mil 500 por combate, por el del título mundial percibió 30 mil de los billetes verdes.
El dinero llegaría ahora sí, en paquetes de Pago por Evento: en su siguiente pelea, ante Rubén Castillo, su primer retador, en abril de 1985, ganó Julio César 100 mil dólares.
Incipiente deportista, Julio era, sin embargo, un profesional como amiguero… Desde niño.

Estampa dos. La doce cuerdas. Fueron 24 años sobre el ring. Y sus números: cinco títulos mundiales en tres diferentes divisiones, 107 peleas, con 102 triunfos, 2 empates y tres derrotas.
Poco antes de su pelea de 1992 ante el Macho Camacho, Julio César se definió a sí mismo: “Realmente todo lo que sé lo traigo de nacimiento, porque los managers que he tenido no me han enseñado nada... O, mejor dicho, no me han enseñado gran cosa, honradamente. Claro, me han dado muy buenos consejos, pero realmente lo que soy lo he aprendido en mis peleas contra los más experimentados. Me defino como alguien que sabe golpear sin que lo golpeen, que tiene sentido de la distancia. Sé acoplarme a cualquier estilo de pelea y cuando quiero boxear, boxeo, y cuando me quiero fajar, me fajo”.
El nombre de JC se imprime cada día en centenares de periódicos. De él mucho se dice. Pero pocos como Francisco Ortiz, periodista, experto en boxeo que vivió no sólo de cerca, sino hasta en los juzgados su intensa relación con Chávez, habla del ídolo que se desmoronaba por dentro.
Dice:
“Julio ha sido uno de los mejores, pero también el más manipulable de los grandes guerreros mexicanos del ring. Boxísticamente un fenómeno, pero a la vez un producto mediático que supieron aprovechar los mercaderes José Sulaimán y Don King.
“Fue inspiración para millones de compatriotas que cruzaron la frontera norte y que en sus hazañas encontraron la venganza contra la discriminación, los malos tratos, el odio racial de los anglosajones o el desprecio de los afroamericanos. Ahí, en el ring, Julio pulverizaba rivales de todos colores: principalmente negros y blancos, pero también amarillos, rojos y hasta anaranjados. Y eso hizo del púgil de Sonora adoptado por Sinaloa, un ídolo, pero no en México, sino en el Sur de Estados Unidos y en los dos estados que lo parieron, natural y boxísticamente.
“Pero el ìdolo se desmorona. Detras de esa actitud de guerrero implacable estaba una personalidad vulnerable. Y había que cruzar esa frontera, atravesar esa guardia para darse cuenta de que Julio César Chávez era un hombre común, con carácter moldeable, permeado por los problemas, los vicios como el alcohol y quien sabe qué otros; por su adicción a las mujeres y la adulacion de muchos medios y de sus rémoras con piel de amigos y familiares.
“Una delgada línea que cruzaron muchos y que aprovecharon Don King, Sulaimán y una parentela multitudinaria a la que le alquilaba pisos completos de habitaciones en el Caesars Palace de Las Vegas y daban a su nombre propinas de a 50 dólares, del bolsillo del campeón. Explotado incluso por muchos periodistas que le cobraban sus lisonjas y por promotores y seudorepresentantes metidos en el narcotráfico, que lo vieron como mina para lavar oro y desteñir pecados”.
Julio César fue por todo. Reveló a Alejandro Toledo en el libro Viaje Mágico y Misterioso:
“Vendiendo caguama conocí a mi esposa Amalia. Ella con una carreta y yo con otra. La vi, me gustó. Nos hicimos novios. Y al año me la robé, o nos robamos. Nos fuimos a Mazatlán. Al día siguiente del viaje me andaba buscando Ramón Félix, mi manager, para darme la noticia de que me había llegado la oportunidad para el campeonato del mundo, y tenía que ir a Las Vegas. No tuve luna de miel ni nada: me devolví a Culiacán, me fui a Nevada a firmar el contrato…
“--¿Tu mujer no protestó?
“--No, era la ilusión que yo tenía. De Las Vegas me fui a la ciudad de México a concentrarme. Fue mi pelea contra Mario “El Azabache” Martínez. Me coroné campeón del mundo, y ya pude estar con ella. Me trajo suerte. Ahí comenzaron mis defensas. Luego me casé, por la Iglesia y todo. Ella ya estaba embarazada de mi hijo Julio”.
Por el asombro de la gente y por los dólares que generaba que en cada hogar, bar o restaurante, se transmitiera su próxima pelea, una vez obtenido el título superpluma CMB en 1984: nocaut en ocho a Mario Martínez, fue por el de los ligeros en versión AMB al derrotar a Edwin Rosario, en 1987, por nocaut técnico en el undécimo asalto.
Sin duda el más dramático de sus combates fue ante Meldrick Taylor, en marzo de 1990. Chávez perdía claramente en la puntuación, pero una reacción a 30 segundos de culminar la pelea, le sirvió para derrotar por nocaut técnico, Richard Stelle detuvo el combate a dos segundos de sonar la campanilla final, que le hubiese dado un triunfo en las tarjetas al estadounidense.
Nunca como esa noche tanta euforia contenida: del amargo gesto de la derrota a los saltos de patriótica alegría.
Chávez era respetado por todos su rivales. En cien combates sólo tuvo dos derrotas: la primera, frente a Frankie Randall, en enero de 1994, por puntos, con el título de los superligeros en juego. Chávez derrotó a Randall en el octavo asalto de la revancha, disputada en mayo de ese mismo año. La segunda vez que perdió el mexicano fue en junio de 1996, frente al estadounidense Óscar de la Hoya, por nocaut técnico en el cuarto.
Chávez llenó el estadio Azteca frente a Greg Haugen (la noche del 20 de febrero de 1993 impuso el récord Guiness con 132 mil 247 espectadores: noqueó en dos asaltos al estadounidense Greg Haugen para retener el cinturón superligero del CMB), y su popularidad en los años ochenta y principios de los noventa sólo fue equiparable a la de Mike Tyson, otro de los peleadores bajo la tutela de Don King. Como tantos otros campeones, no supo cuando finalizar con su carrera, y por ello sumó derrotas como ante Óscar De la Hoya, y Willie Wise, entre otros.
Una de sus fechas más memorables fue la del 15 de septiembre de 1992, cuando en el Thomas and Mack Center de Las Vegas enfrentó y venció por amplia decisión al boricua Héctor Macho Camacho. Dos días después fue transportado en un camión descubierto con las sirenas abiertas de los motociclistas que lo escoltaron desde el aeropuerto de la ciudad de México hasta Los Pinos. Si un deportista fue amigo del presidente en el sexenio de Salinas de Gortari, ese fue el propio JC.
La caída del César inició en 1996, tras perder ante Oscar de la Hoya, donde peleó cortado por un cabezazo de su hijo Omar.
La Secretaría de Hacienda lo acusó de evasión fiscal. Unas semanas antes de su pelea contra Joey Gamache, el 12 de octubre de 1996, el gobierno de México giró una orden de aprehensión en su contra.
La verdad se supo con el tiempo, el contador de JC solicitó indebidamente la devolución del IVA a Hacienda y cuando se detectó el ilícito, Julio fue acusado de evasión fiscal. Por una deuda de 100 mil dólares pagó alrededor de 7 millones de dólares.
Dice Francisco Ortiz: “Era un tanque de guerra en el cuadrilátero, siempre hacia delante aún en las peores circunstancias, como en sus dos derrotas ante Óscar de la Hoya y la primera de su carrera, frente a Franky Randall....Un gancho al hígado letal, dueño de feroces combinaciones que hacían estragos en los rivales; un punzante jab y un oper bien educado. Mirada fiera que intimidaba, espantaba, hacía temblar y esa voluntad de acero que lo llevaba al triunfo”.
Extraoficialmente se calcula que percibió alrededor de 80 millones de dólares a lo largo de su carrera. Fue dueño de un consorcio de negocios que incluía gasolineras, hoteles, inmobiliarias… “Pa`que los de casa, mi familia, no me anden pidiendo dinero, los tengo trabajando en mis negocios ---presumía--; no les doy el pescado, mejor les enseño a pescar…”

Estampa tres. Amiguero. Julio César iba de las victorias sobre el ring a las fiestas sin fínal, de los contratos millonarios, a las abultadas cuentas de hotel. Rodeado de mujeres, el dinero se iba tan veloz como las bebidas embriagantes. Todo tipo de líneas corrían a esas horas, de apuestas, de ropa y de cocaína.
Pues cayó sobre este Julio César, también llamado emperador del boxeo, la maldición del boxeo que agota los bolsillos mientras satisface sus ansias de glamour: las malas compañías.
Uno de sus primeros apoderados se llamó Ángel Gutiérrez. En abril de 1987 le consiguió un contrato para enfrentar a Tomás Da Cruz, en Nimes, Francia. Pesaban sobre él algunas acusaciones por delitos contra la salud, y moriría acribillado en Cancún, pero Gutiérrez proveía de dinero, mujeres y lujos al campeón, e inclusive fue el encargado de dar dinero a algunos periodistas. Los comunicadores se formaban frente al representante de JC para recibir algunos dólares. El 25 de mayo de 1993, Angel Gutiérrez fue ejecutado en un ajuste de cuentas entre narcotraficantes: paseo Kukulkhan, ráfagas.
El 21 de julio de 1996 el periódico El Financiero lo implicó con los Arellano Félix y Héctor Luis “El Güero” Palma. JC demandó al diario, a su director Rogelio Cárdenas, al subdirector Alejandro Ramos Esquivel y a la reportera Araceli Muñoz Valencia. Perdió la demanda, pero hasta el momento no se conoce de algún nexo de Julio César Chávez con el narcotráfico.
También estuvo en la mira de las investigaciones cuando uno de sus sparrings, Jesús Bebé Gallardo, fue asesinado el 9 de abril de 1996. Al parecer Gallardo estaba vinculado con el narco y tenía información de primera mano sobre el asesinato contra Colosio.
En Quehacer político se preguntan: “¿Quiénes protegieron a los Arellano? De acuerdo con narcotraficantes detenidos y testigos que declararon ante la PGR y el Poder Judicial Federal, los hermanos Arellano Félix tenían una red de protección que lo mismo abarcaba a políticos que policías de primer nivel. A la fecha, muchos ex funcionarios públicos son considerados del clan de “Los Intocables”, como los ex gobernadores, Jorge Carrillo Olea,; Xicoténcatl Leyva Mortera, Manuel Bartlett, entre otros, así como altos mandos de la PGR, incluido el ex subprocurador Javier Coello Trejo y los ex comandantes Enrique Guillermo Salazar Ramos, Guillermo González Calderoni, Rodolfo León Aragón, Adrián Carrera Fuentes, Víctor Manuel Patiño, además de deportistas de la talla de Julio César Chávez, y los prelados Girolamo Prigione, Juan Jesús Posadas Ocampo y Gerardo Montaño Rubio”.
Sin embargo, la PGR afirma que quien facilitó la expansión de los Arellano Félix en Tijuana fue su tío político, Jesús “El Chuy” Labra, quien tenía muchos contactos en el mundo empresarial, espectáculos y el deporte local. De ahí la amistad que tuvieron los Arellano con figuras como Julio César Chávez o el grupo Los Tucanes de Tijuana. Julio César se convirtió en socio de los hermanos Arellano Félix en una discoteca de Mazatlán y en funciones de boxeo.
En un recuento de hechos, sobre la cirujía de Ramón Arellano Félix, escribió el periodista Jesús Blancornelas:
“Aquel 14 de septiembre de 1995 fue la primera ocasión cuando Ramón Arellano Félix se dejó ver en público y transformado. Lo hizo a propósito. Al otro día se iría con todos los familiares, amigos y pistoleros a Las Vegas. Fue al box. Quería ver la pelea de su amigo Julio César Chávez. Le llamó la atención como a muchos aficionados. Era la número 100 del campeón y su cuate del alma. Las carteleras resaltaban por todos lados. Pelearía contra el africano David Kamou. JC estaba en sus mejores tiempos. El negrito le resultó de acero y no lo pudo tumbar, pero le ganó la decisión. Ramón Arellano fue uno de los miles aficionados que retacaron el gimnasio del hotel y casino The Mirage. Naturalmente, le puso muchos billetes en apuesta y aunque no se le multiplicaron sí un poquito. Ocupó una localidad de primera fila. También sus acompañantes. Debió visitar al campeón en los vestidores y luego la festejarían. Pero Ramón no se ancló en un hotel conocido. Llegó al Del Río. Prácticamente lo rentó completo para su familia y sus guardaespaldas. Todo mundo estuvo alegre”.
Inclusive, en una de las tantas versiones de la PGR sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio, figura la hipótesis de que José Córdoba Montoya mandó asesinar al entonces candidato a la Presidencia. Córdoba les habría dado la orden a los Arellano Félix, capos del narcotráfico. La versión trascendió luego de que se interceptó una llamada telefónica entre Córdoba y Julio César. Sin embargo, no se probó nada. Sólo existen evidencias de que Julio y Benjamín Arellano son compadres. El campeón tiene también una estrecha amistad con otros hermanos de Benjamín.
En su su columna Tolvanera del 25 de marzo de 2002 publicó Roberto Zamarripa: “En alguna de las gavetas de la Procuraduría General de la República, en algún lugar de sus archivos, duermen los expedientes del Caso Luis Donaldo Colosio. Al lado de otras tantas indagatorias sin respuesta. Decenas, centenas de hipótesis sobre el crimen en contra del priísta sonorense, siguen ahí como aquella que implica a José Córdoba, a los hermanos Arellano Félix y al boxeador Julio César Chávez”.
Y es que Chávez siempre fue muy amiguero.
Pero de pronto los juzgados se llenaron del nombre Julio César. Y el campeón se convertiría entonces en el enemigo de todos.
De su esposa y de los periodistas:
Recuerda Francisco Ortiz:
“Tras esa fachada con rostro hosco y miradas asesinas, se escondía un cúmulo de contradiccciones, inseguridades y temores: a Julio le fasifiaba lidiar con los reporteros, pero siempre estaban a su lado; le temía a las mujeres bellas pero se rodeaba de ellas; era inseguro para hablar en público, pero se atrevía a exclamar iracundo en las ruedas de prensa en Las Vegas; “¡Bull Sheet!”, cuando se le insinuaba su relación con los narcos de Sinaloa.
El primero de junio de 1998 Rafael Chávez González, hermano de Julio César, insultó e intentó golpear a los reporteros y camarógrafos que cubrían el careo que el ex campeón sostiene por el delito de lesiones y amenazas de muerte en contra de su esposa e hija.
Es mismo 1998 se informa que elementos de la PJF dieron cumplimiento a la orden de aprehensión girada en contra del boxeador Julio César Chávez González por el delito de defraudación fiscal.
El 27 de noviembre de 2004 el periodista y conductor del programa de radio Línea Deportiva 1240, Felipe Orozco Reyes, fue agredido por el ex campeón mundial de boxeo, Julio César Chávez cuando trataba de entrevistarlo. Felipe Orozco interpuso una demanda en el Departamento de Averiguaciones Previas de la Subprocuraduría de Justicia del Estado en contra del boxeador.
En noviembrede 2006 la residencia de Chávez fue baleada. Horas después, el sobrino del pugilista, Alex Chávez Cabada, fue atacado a tiros cuando conducía una camioneta blindada.
Desconocidos dispararon contra el portón y la fachada de la residencia, ubicada en la calle Cerro de la Campana, número 362, esquina con cerro de las Siete Gotas.
Apenas como un ejemplo de las múltiples demandas que tuvo que atender, de junio de 1995 a noviembre de 1997, en la Procuraduría de Justicia del Estado de Sinaloa se abrieron once averiguaciones previas en las que Julio César aparecía involucrado, ya sea como indiciado o como demandante.
El caso JC llegó a los límites de la perversidad. Que deba pagar impuestos es un asunto que se soluciona con dinero, pero que en el conflicto familiar se manipule la inocencia y los sentimientos de sus hijos, lleva al matrimonio al combate más sucio que pueda librar una pareja.
Porque en el juzgado de paz donde ventilaron su divorcio, doña Amalia insistió en su temor de ser atacada por Julio César y lo acusó del secuestro de sus propios pequeños; la pelea lejos de un juego limpio se acerca a un verdadero combate callejero.
Tampoco escapó del brazo de la Secretaría de Hacienda, que le reclamó el pago de impuestos, pues Julio César no declaró un centavo en el sexenio de Carlos Salinas, por lo que varias de sus propiedades fueron puestas a remate.
No se olvida, tampoco, cuando a las afueras de un departamento que tenía en Tijuana apareció el cuerpo de la defensora de los Drechos Humanos, Norma Corona; aunque en ese tiempo ya había vendido esa propiedad. “Son cosas que se dicen, pero esa casa ya ni era mía en ese momento”, aclaró.
En 2004 Julio César Chávez charló con Ramón Márquez, quien escribió:
“Se habla con apertura de los malos momentos, pero Julio tiene mucho cuidado: no profundiza en sus palabras. Sobre todo cuando en el sube y baja de la conversación se toca el tema de su eventual amistad con gente relacionada con el narcotráfico… Se habla de que su ex manager Angel Gutiérrez fue acribillado, en pleno día, por una ráfaga de metralleta cuando caminaba por la costera de Cancún… Se habla de que, en apariencia, alguno de los hermanos Gallardo estaba en su esquina aquella noche imborrable cuando, en el estadio Azteca, Julio César impuso récord de entrada en una pelea titular: 136,024 aficionados lo vieron noquear al canadiense Greg Haugen.
“No rehuye el tema Julio César. Dice:
“--Pues sí, el boxeo me trajo nuevos amigos. Algunos de ellos eran narcotraficantes. Pero yo voy a andar preguntando a qué se dedican, quiénes son, aunque eso ya se sepa de alguna manera. Y mejor ni intentar eludirlos, porque con esa gente no se juega. Y, por otro lado, gracias a Dios no he tenido necesidad de meterme en esas cosas. Simplemente respeto el trabajo de cada quién, pero yo no nací para eso”.

Estampa cuatro. El bondadoso. “No lo quisiera decir yo, pero ya he hecho mucho por mi gente, la verdad. Hice peleas en Culiacán y se recaudaron miillones de pesos, pero yo no cobré nada, ni un cinco. En otras peleas las ganancias fueron para el DIF estatal, todo por fines benéficos. Ayudo mucho a los niños… Mis últimas peleas a diez rounds fueron por alguna causa de los pobres. Y es que realmente es la única manera como la puedo ayudar. Porque si me pongo a darle a todo el mundo lo que necesita, a dónde voy a parar. A mi casa siempre llegó mucha gente a pedir mi ayuda. Iban hasta 300 personas al día, a solicitarme dinero. Pos imagínate…”
Por algún tiempo la gente de Sinaloa veía en él la quimera para salir de sus problemas económicos. En los últimos años el ex campeón ha permancido lo más lejado posible de los titulares. Vive en Tijuana. De él, dice su madre: “Si alguien ha sabido ayudar a su familia y amigos, ése ha sido Julio César”.
Pero está de vuelta a los reflectores, por lo logros del junior y por Diego Luna. Y en puerta hay infinidad de planes, como un programa de televisión, y trabajar el dinero que resta en varias inversiones como la creación del “Julio César Chávez Sports Bar” en Phoenix, un sitio con aforo para 1 mil 200 personas y donde se celebrarán, por supuesto, peleas de box.
¿Qué era JC para sus aficionados?
Salvador Díaz de la Serna es uno de sus más acendrados fanáticos. No había pelea que no se supiera de memoria ni función en la que algo fuese más importante que observar los movimientos de Chávez sobre el ring.
“Es el mejor boxeador mexicano de todos los tiempos. El más taquillero. El mejor libra por libra. Fue un gran campeon, pero siempre con la ayuda de un buen apoderado, un buen apoyo y un buen promotor. Las glorias no se construyen solas, pero Julio es un fuera de serie”.
Concluye esta semblanza Francisco Ortiz:
“En el fondo era tímido y noble, escondido en ese caparazón de ojos de odio y quijada simiesca. Me conquistó como boxeador cuando, aquella noche de marzo de 1990, derrotó en los últimos 10 segundos de una pelea que iba perdiendo, a Roger Mayweather, pero me decepcionó como aficionado cuando aceptó la pelea que lo convirtió en producto de la publicidad, ante un decadente “Mahco” Camacho”.
“Me decepcionó como persona cuando sus hermanos y guaruras me golpearon en el Estadio Azteca, al termino de su remedo de pelea ante Greg Haugen, molestos porque había publicado en El Universal que iba a ser un combate sin calidad ante un bulto, un circo montado por King, Sulaimán y Televisa que no se merecía el público mexicano. Y porque escribí que Julio y Sulaimán habían regalado miles de boletos para llenar artificialmente el coloso de Santa Útsula, para poder registrar esa función como récord en el libro Guiness.
La relaciòn Ortiz-Chávez llegó a los juzgados: esa noche los hermanos del púgil patearon a Ortiz y a otra reportera; el caso llegó a los juzgados. Los abogados de ambas partes emplearon meses en establecer acuerdos.
Francisco Ortiz:
“Pero me conquistó de nuevo como ser humano cuando, al ser masacrado por el ruso-australiano Konstantín Tszyu, esa noche de julio de 2000 en Phoenix, lloroso me ofreció disculpas y las reiteró cuatro años más tarde, cuando se retiró del boxeo ante el público del Distrito Federal, en la Plaza de Toros México.
“Chávez fue un ídolo de papel periódico, aderezado por la televisión de Pay Per View, con extraordinarias cualidades boxísticas, físicas y atléticas, pero que casi siempre se desmoronaba por dentro...”

22.4.07

Esta es mi trayectoria



Pedro Díaz Gutiérrez

Nació en México, D.F., el 20 de octubre de 1961

Desarrollo periodístico:

De diciembre de 1983 a junio de 1990: unomásuno



* Aprendiz de reportero en la sección deportiva que dirigía Ramón Márquez Carbajal (Premio Nacional en 1993).

* Reportero asignado a las fuentes de Boxeo y Automovilismo.

* Crónicas urbanas publicadas bajo las órdenes de Huberto Batis en la sección Ciudad.

* Trabajos en el suplemento político Página Uno, encargados por su director, Jorge Fernández Menéndez.

* Otras crónicas publicadas en la sección cultural.

* Investigador en la elaboración del libro Diez años de unomásuno.

* Asistente de prensa en la Ruta México 1988 de ciclismo


De 1990 a 1995


* Investigador en la elaboración del libro Cien años del Deporte en México.

* Reportero de la revista Tiempo Libre (1990-1991)

* Reportero de la revista Epoca (1991)

* Encargado de la sección deportiva de la revista Macrópolis.
* Coordinador (bajo el seudónimo Mauricio Gaytán) de la sección deportiva de la revista De par en par, que dirigió (1993-94), José Reveles.


* Colaborador de la agencia informativa PAL, Periodistas Asociados Latinoamericanos.

* Investigador en la elaboración de una serie de suplementos sobre la historia del futbol mexicano en Copas Mundiales que se publicó en La Jornada, previo al Mundial de 1994.



De 1995 a la actualidad

* Reportero investigador de CNI, Canal 40, en sus inicios. jefe inmediato: Ciro Gómez Leyva.

* Jefe de información de la revista Mañana. Jefe inmediato: Ciro Gómez Leyva.

* Reportero de la sección deportiva (desde mayo de 1995) en El Universal.

* Colaborador, en sus inicios, de la revista Milenio.

* Elaboración de otro libro, presentado en enero de 2001 por la Comisión Nacional del Deporte: El deporte mexicano en el Siglo XX: 495 historias del deporte mexicano entre 1900 y 1999.


Como reportero ha cubierto, entre otras cosas:
* Peleas de campeonato mundial de Julio César Chávez, Jorge Maromero Páez, Humberto Chiquita González, Gilberto Román, Miguel Angel González, Erik Morales, Oscar de la Hoya, Ricardo López, entre otras.

* Fórmula Uno en todas las ediciones que se disputaron en México desde 1986 y hasta 1990; cobertura de la carrera internacional de motociclismo Superbike, donde obtuvo un premio a la mejor crónica.

* Entrevistas con Luis García, Jorge Campos, Nelson Vargas, Felipe Muñoz, Raúl González, Héctor López, Dionisio Cerón, Pelé, Ricardo López, Carlos Carsolio, Eduardo Nájera, José Morales, Agustín Delgado.

* Cobertura de finales de futbol y series de Copa Davis.

* Enviado por la revista Macrópolis al campeonato Mundial de Futbol en Estados Unidos 1994.

* Enviado a peleas en Las Vegas: Oscar de la Hoya-Pernell Whitaker (marzo 1997), Ricardo López-Rosendo Alvarez (noviembre de 1998)

* Enviado a cubrir el ciclo olímpico:
Maracaibo, 1998, Juegos Centroamericanos
Winnipeg, 1999. Juegos Panamericanos.
Sydney, 2000. Juegos Olímpicos.

Sus trabajos han sido publicados, además, en otros sitios:

Filo Rojo, El Nacional, El Financiero, Rock and pop y El Ciudadano.


Ha obtenido tres premios por su labor periodística en El Universal (que cuenta con un concurso bimestral interno, con las crónicas de Las Vegas (Finito-Rosendo), con una entrevista con José Mari Bakero, estrella del futbol español, y por sus textos en los Juegos Olímpicos de Sydney.

Hasta noviembre de 2004, coeditor y jefe de reportajes especiales de la sección deportiva de El Universal.

A partir del 22 de septiembre de 2005 se incorporó como ejecutivo de cuenta de Relaciones Públicas de la Agencia de Publicidad Gaudelli MCW, donde laboró hasta el 22 de junio de 2006, con resultados sumamente elevados. Durante los tres meses que llevó la cuenta de promoción turística para Chihuahua, generó alrededor de 100 notas periodísticas con una cuantificación costo-beneficio de más de 4.5 millones de pesos.

En julio de 2006 ingresó a emeequis, periodismo indeleble.

En octubre de 2008, obtuvo mención honorífica en el IV Premio Nacional Rostros de la Discriminación con el texto Esta generación nunca debió tener Sida.
Ese mismo año obtuvo mención honorífica con el mismo texto en el Premio Hazte la prueba, otorgado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), la Agencia de Noticias sobre Diversidad Sexual y la AIDS Healthcare Foundation.

En marzo de 2009 ingresó a las filas del Grupo Imagen, en Excélsior y Canal 28.

Escolaridad:
Kinder Progreso.
Primaria Francisco Montes de Oca.
Secundaria Diurna número 17, Constitución de 1857.
Colegio de Ciencias y Humanidades, Naucalpan (generación 1977)

Pedro Díaz Gutiérrez
Edad: 48 años.
Estado civil: casado.
Estado mental: inmerso en la fascinación.


17.4.07

Entrevista con Eduardo Nájera





De Eduardo Nájera

Pedro Díaz G./Jorge Iglesias/Enviados

Junio de 2000

Juego para ganar. Doy todo en la cancha. Dejo todo mi esfuerzo y trato de ayudar en lo que más pueda a mis compañeros. Desde luego que es muy padre que te reconozcan, que te entrevisten, que todo el mundo te busque y que los niños te vean como ejemplo a seguir. Pero lo más importante para mí es jugar de la mejor manera y que mi nombre y el de mi país suenen por todas las canchas.
Mi vida no ha dejado de ser divertida, sólo es distinta. Cuando miro hacia atrás recuerdo todo lo que me divertí en aquellos primeros años de muchas horas de risas en las calles. Ahora es diferente. Me divierto mucho, por supuesto, pero trato de no caer en los excesos de la publicidad y todo eso. Necesito estar sin presión, concentrarme en los fundamentos del deporte, que me llevaron a tener éxito hasta ahora: disciplina, trabajo, constancia. Quiero llegar a la NBA para tener dinero y ayudar a que más mexicanos jueguen en este nivel. Pero, sobre todo, quiero jugar en la NBA, no nada más ir a calentar la banca. Estos años en Estados Unidos me han hecho madurar. Creo que ya soy un hombre, y ahora que puedo hacer una pausa veo hacia mi carrera, en Oklahoma, y miro todo el éxito que tuve. Y eso te cambia, obviamente. Me considero una persona que ya ha hecho algo: alguien que terminó la escuela y tiene ante sí una excelente carrera deportiva.
Ya no soy el muchachito de antes. Ahora lucho, peleo contra quien sea, sin importarme si es más fuerte o tiene más cualidades que yo. Puedo demostrar que soy mejor. No temo a nada, ni siquiera a saber si voy a jugar o no en la NBA, porque eso lo uso como motivación para trabajar más fuerte. Si juegas con temor, no llegas a ninguna parte. Por eso me gusta intimidar y, al momento de enfrentar a un adversario, no cambiar esa actitud, que sin duda ya te da cierta ventaja.
¿Que si llegué a tener miedo? Por supuesto. El miedo es una motivación. No sabía qué iba a pasar, si me regresaba a México o me quedaba allá. Y la única manera de quitarme ese miedo era trabajar más fuerte, porque debía estar preparado para cualquier cosa: fuese mi futuro como estudiante o como jugador. Sí, se siente miedo, pero lo usé como motivación.



La noche que nació la Machomanía

Pedro Díaz/Jorge Iglesias/J. Gustafson/Enviados y ESPN
-- I --
Junio de 2000

Qué son unos cuantos puntos de sutura ante el silencio de 43 mil aficionados... Fue la noche que nació la ?machomanía?

El secreto es sólo uno: cada segundo de tu vida es basquetbol. Entregarte en cuerpo y alma. Me gusta trabajar y dar el máximo esfuerzo. Momento a momento. En la cancha, trato de convencerme y lo intento también con mis compañeros, de que somos guerreros. Cuando piso la duela sólo pienso en pelear. Y trato de involucrar a los jóvenes para que luchen y se entreguen por cualquier balón, sin importar lo difícil que pueda parecer. No siempre les gustan mis regaños, pero, en la cancha han dado buenos resultados. En la vida, hasta ahora, también.
Eduardo Nájera no recuerda mucho al respecto. Un minuto estaba preparándose para enfrentar a Mateen Cleaves y al otro yacía boca abajo en medio de un charco de sangre en la duela del estadio Trans World Dome.
Noche del viernes 19 de marzo de 1999. Con el estruendo de las cornetas se mezcla el estruendo de fanfarrias, de porras, de gritos. Más de 40 mil espectadores colman las gradas para ver a los Sooners jugar contra Michigan State. La aparición de Oklahoma en San Luis se debe en gran medida al desempeño de ?El Gran Extranjero?, como le gusta al entrenador Kelvin Sampson llamar a Nájera. Los Sooners ingresaron al ?Gran Baile? como la última selección. Pero los 17 puntos, 13 rebotes, tres robos y dos bloqueadas de Nájera los impulsaron a una inesperada victoria 61-60 contra Arizona y sus 20 puntos y 15 rebotes permitieron derrotar a la Universidad de Carolina en Charlotte. ?Será un partido con jugadas parecidas al futbol americano?, había bromeado Cleaves, a manera de presagio. Último cuarto. Seis minutos por disputarse... De pronto, el impacto, contundente. Burlado por Nájera en una pantalla, Cleaves se estrella con él; su cabeza golpea directo la barbilla del mexicano. ?Fue como chocar contra una pared de ladrillos? confesaría Cleaves. ?Nunca oí un golpe similar?, diría Tom Izzo, coach de los Espartanos. Nájera cae desde sus 2.06 metros de altura, le sigue Cleaves y la arena se sumerge en un ominoso silencio. Es un golpe total a los sentidos. Y sin embargo, muchos de los compañeros de Nájera esperan que el delantero de 108 kilogramos se levante. En sus primeras tres temporadas, lanzar su cuerpo por todas partes se había convertido para Eduardo en un acto común; tan común como las lesiones sufridas (tobillo roto, pie fracturado).
El centro de los Sooners, el también mexicano Víctor Ávila, camina hacia él y le da un cariñoso puntapié en el costado. ?Levántate?, le dice. Después ve la sangre que tiñe de rojo el rostro de su inmóvil compañero y entonces calla. Transcurren cuatro minutos y Mateen está de pie; cinco más y Nájera sigue tendido. El entrenador Alex Brown, quien cura su cortada barbilla justo ahí, en la duela, piensa que quizá a Eduardo se le ha roto la quijada. Pero no. Al fin? Nájera se levanta lentamente y es ayudado a dejar la cancha. Ávila y su compañero Michael Johnson sollozan. ?De la duela salía el corazón del equipo?, recuerda el centro Renzi Stone. En los vestidores, los médicos evalúan el daño: golpes en el pecho, una concusión ligera, un diente astillado y siete puntadas en la barbilla. ?Sentí que me encontraba en mi propio pequeño mundo?, recuerda Eduardo.
Mientras tanto, sus alterados coequiperos fallan, ceden cinco puntos seguidos. Transcurren los segundos: 4.59...4.58... Y, de repente, los fanáticos vuelven a la vida. ?Se escuchó un rugido?, recuerda Sampson, ?como el despegue de un avión.? El entrenador echa un vistazo a la gran pantalla. Una cámara en el túnel muestra a Nájera regresando a la cancha. ?El dramatismo era increíble dice Sampson. Nunca vi a alguien con tanto margen de tolerancia al dolor?. Saluda Eduardo, aúlla el público, fervoroso desde que el mexicano ha catapultado a los Sooners a nuevas dimensiones. No es la primera vez que sobrevive a un fuerte golpe, pero no muchos jugadores harían lo que él hace después de que Cleaves lo dejó tirado y cubierto de sangre. Al llegar a la duela no se detiene en la banca, sino que pregunta a su entrenador: ?¿A quién quiere que marque?? Sampson se maravilla ante ese recuerdo. ?La mayoría de los jugadores habría estado en el hospital?, dice. En cambio, en la siguiente posesión de Oklahoma, Nájera hace crujir los huesos de ¿adivinen quién? Mateen Cleaves? ¿Qué sucedió aquella noche?
Hay una leve sonrisa en el afilado rostro de este gigante nacido en Meoqui, Chihuahua, hace 23 años. Recuerda. Los párpados empequeñecen sus grandes ojos negros tan negros como el lacio cabello lustroso; destaca también su cuadrado mentón. Al fin dice: Que había sufrido mucho para llegar hasta ahí. Que siempre soñé con jugar el mejor basquetbol... Que nunca imaginé todo lo que me estaba pasando. Que mis compañeros veían en mí al líder y no podía darles un mal ejemplo. Me cosieron algunas puntadas, me reanimaron, y regresé. Tenía que regresar. ¿Qué son unos cuantos puntos de sutura ante el silencio de 43 mil aficionados? Volví un tanto aturdido, sí, el coach me dio indicaciones para la jugada siguiente pero las olvidé y entonces hice lo que me nació: otra pantalla sobre Cleaves, y el estadio volvió a llenarse de gritos.
Lo que sucedió después parece ahora casi insignificante. Los inspirados Sooners se acercaron, los valientes Espartanos se aferraron a la victoria. Pero la imagen que todos recuerdan es la de Eduardo Nájera saliendo del túnel, dejando su propio, pequeño mundo. Así fue como los aficionados estadounidenses llegaron a conocerlo. Fue la forma en que Eduardo Alonso Nájera Pérez, un enorme mocetón venido de Chihuahua, entró inconscientemente a sus conciencias.
?MÁS MACHO?, decía el encabezado de una crónica de aquel partido. Esa noche nació en Oklahoma el fenómeno llamado Machomanía. De hecho, una de las esquinas del legendario Lloyd Noble Center, estadio de los Sooners, fue bautizada con el nombre de Eduardo s Warriors, impreso también como el número 21, de Eduardo en las camisetas de los mil 500 espectadores que la ocupaban. Prohibido estaba el acceso a quien no vistiera así.
Piensa en voz alta el reportero: La imagen de Nájera se proyectó a todo el país como la de un hombre fiero, de arrojo? Con voz firme comenta el canastero: Cierto. Acaso fue uno de los días más importantes en mi carrera porque, aunque ya mucha gente me conocía, después de esa noche las cosas nunca fueron iguales en la localidad. Me dio más popularidad. De ahí sacaron, con mucha imaginación, todas las historias de ?hombre malo?, ?hombre fuerte?, ?hombre macho?. Pero no por la forma en la que juego, sino sólo por esos minutos, ese incidente que, por lo demás, es parte del juego. Y si eso hubiera pasado en cualquier otra parte, me levanto igual: habría hecho lo mismo.
Vuela la imaginación del reportero: Conquistar un estado como Oklahoma... Observar las tribunas llenas, las pancartas. Los gritos, el ánimo, las emociones. ¿Qué pasa por la mente de un mexicano que logra todo esto?
Permanece la leve sonrisa en los gruesos labios de Eduardo, quien responde con voz pausada: La verdad, nunca pensé en cosas así, pero ahora que lo mencionas, a veces me pongo a analizar el pasado, lo que hice, lo que logré y, más que nada, cómo reaccionó la gente, cómo todo se fue dando de la nada: en el primer año, pasar por una extraña transición, llena de nostalgia. En el segundo, pensar si me iba o me quedaba. Un tercero de estallido. Y el último año en Oklahoma, prácticamente...
Apoteósico.
Exacto... La despedida, más que nada. Y ves, sientes la emoción que la gente tiene por verte, las ganas... Su deseo de llegar a los juegos una hora, dos horas antes, para buscarte aUn cuando sólo estás tirando, calentando... Eso es algo que sinceramente no se puede describir; imágenes que se graban en cuerpo y corazón. Inolvidable. Entiendo la pregunta, pero no sabría cómo contestarla. Eso es lo que me impresionó: la reacción de la gente...
A propósito de imágenes: nos sorprendió una, en el juego ante los Cuernos Largos de Texas (31 de enero; Nájera y Ávila consiguieron 31 puntos y 20 rebotes; Oklahoma ganó 83-59), que decía: ?México, mándanos más jóvenes como estos?...
Sí, la recuerdo dice Eduardo con naturalidad. Otra decía: ?Eduardo para Presidente?, y eso me llamó la atención, porque estás lejos de tu casa, en otro país, y la gente te quiere. Y aunque suena a broma, me gustó. Me gustó mucho. Hubo varias más que me hicieron voltear a verlas, porque eso es algo que tiene la gente, allá: te dice lo que siente a través de frases ocurrentes, en pancartas. Y no sólo en Oklahoma. En otras escuelas hacían letreros para hacernos enojar: una vez jugamos contra Oklahoma State y tenían una que decía: ?Where is your green card?? Más o menos, ?¿dónde está tu pasaporte?? Víctor y yo nos echamos a reír. Tanto, que a la gente le extrañó, pues se suponía que nos daría rabia. Pero no: son cosas que suceden como parte del deporte. En otra ocasión, en casa, se leía un cartel de ESPN que decía: ?Eduardo Score Points to Nigth? ?Eduardo Anota Puntos esta Noche?, y las mayúsculas eran: ESPN. Desde la esquina Eduardo s Warrior, una chica gritó: ?¡Eduardo, cásate conmigo!?, y estalló el jubilo. Verlos felices, ruidosos, fue realmente emocionante.
Pero el fervor, dice la historia, fue epidemia que se extendió por toda la Unión Americana. De alguna manera, y con sencillez, lo acepta Eduardo: Me sorprendió que fuera de Oklahoma también me reconocieran. Fue impresionante cuando estuvimos en la Final Four, ese campeonato del primero al 3 de abril, en Indianápolis. Fui a ver los juegos, y me reconocieron. Todo mundo quería platicar, acercarse, la firma, la foto. Es increíble cómo los fans de Carolina del Norte, o de Michigan State, Wisconsin, Florida, personas con las hace poco nada tenía que ver, ahora se sientan tan identificadas conmigo.


Un sueño casi realidad

El desierto al sur de la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso es un vacío manchado por matorrales. Por casi 200 años, apaches y comanches asolaron la región desde el norte, atacando la frontera abierta y regando la tierra con sangre. Tras la guerra MéxicoEstados Unidos, soldados estadounidenses, ?vigilantes?, siguieron sembrando el terror en el campo. No fue sino hasta principios del siglo 20 cuando los mexicanos empezaron a contraatacar a los del norte, a través de un ladrón de ganado que se elevó a la prominencia en la desértica ciudad de Chihuahua. Pancho Villa permanece como una figura mítica en la historia de México, un Robin Hood que atacó los pueblos fronterizos estadounidenses y ayudó a garantizar el triunfo de la Revolución Mexicana. En 1916, el general John Blackjack Pershing fue enviado al sur a capturar y castigar al bandido. Pero Villa, el único extranjero que ha invadido exitosamente Estados Unidos, nunca fue capturado. Hoy, los bandoleros comandados por Villa que alguna vez se congregaron en las montañas que rodean Chihuahua, han sido reemplazados por chicos con la camiseta número 21 de Oklahoma, poderosas empresas mexicanas ven la posibilidad de una nueva estrella de los comerciales, y los chihuahuenses se preparan para otro tipo de invasión. Este miércoles, si todo va como se espera, Eduardo Nájera se convertirá en el primer mexicano seleccionado para el basquetbol profesional.
¿Qué pasará en el draft? A los reclutadores les encanta la energía de Nájera. ?Cualquiera que sea el equipo para el que juegue obtendrá un honesto trabajo diario?, señala Dick Percudani, director de reclutamiento de los Suns de Phoenix.
Hace un año Eduardo no pensaba en la NBA e inclusive en sus respuestas ante la prensa relegaba el tema a segundo término; decidió primero terminar su carrera universitaria, su elegibilidad como colegial y después hablar. Lo hace ahora: Ya sueño con jugar en la NBA. Lo he estado esperando desde hace cinco años, cuando llegué a Cornerstone y durante mi carrera con los Sooners. Al imaginar lo que vendrá, lo que inclusive ya está sucediendo, como este viaje a México, me pongo algo nervioso. Pero ya quiero estar en el mejor basquetbol del mundo. Realmente no me interesa qué equipo me pueda escoger, aunque me inclinaría por alguno cercano a México, como San Antonio, Los Ángeles, Houston, Dallas, inclusive Orlando o Miami. Y, por supuesto, los Bulls.
¿Nájera como factor del resurgimiento de los alicaídos Toros?
Sueños son.



Cuando los amigos se encuentran...


Pedro Díaz G. y Jorge Iglesias/Enviados
--II--

Martes 27 de junio de 2000

¿Saben ustedes lo difícil que es llegar a un país y en apenas ocho meses hablar ya la lengua de la región?, preguntó Kelvin Sampson, su entrenador, a un grupo de reporteros

Después de su despedida de los Sooners de Oklahoma, Eduardo Nájera visitó México dos fines de semana. Vino a ofrecer clínicas de basquetbol a pequeños estudiantes que pagaron 300 pesos por inscripción en el Distrito Federal donde también jugó un partido amistoso contra el equipo de Magic Johnson y en Monterrey. Fue apresurado todo lo que hizo Nájera en su apretada agenda. De un escenario a otro, lo mismo fueron tableros y encestes que, al caer la noche, meterse en un terno y cumplir con compromisos sociales: invitaciones, homenajes, comidas. Inmerso en una agenda netamente comercial, hizo una pausa en su intensa actividad para conversar en ambas ocasiones con los reporteros de El Universal. Ya lo había hecho con John Gustafson, de ESPN. Las entrevistas se realizaron en el Colegio Americano y en el gimnasio del hotel de Monterrey. Acaso renuente, se dispuso a la charla. Pero no mostró asomo de colaboración con los reporteros gráficos.
Una frase escapa, de manera casi involuntaria, de los labios de Eduardo Nájera. Y es todo un tributo para Kelvin Sampson, su entrenador en la Universidad de Oklahoma: Ha sido como un segundo padre para mí...
John Gustafson nos hace recordar que ese cariño era mutuo: Cuando terminaba el último año de la carrera colegial de Eduardo, algunos reporteros organizaron una conferencia de prensa con el coach Sampson. Abundaron las preguntas sobre el Más Macho. Querían saber cómo ese tímido fuereño de inglés descompuesto se había vuelto eventualmente el líder reconocido de una potencia que está entre los 20 mejores equipos de basquetbol colegial de los Estados Unidos. Abundaban las respuestas. Sampson optó por otra pregunta: ¿Saben ustedes lo difícil que es llegar a un país y en apenas ocho meses hablar ya la lengua de la región? ¿Imaginan lo que fue, además, presentar exámenes escolares una y otra vez hasta aprobarlos, y jugar basquetbol al nivel y con la fuerza con la que él lo hace?
En silencio quedó brevemente la nube de reporteros a su alrededor. Sampson aprovechó el instante para contar historias del jugador mexicano que en Oklahoma University se convirtió en leyenda..
En la cancha, Nájera se expresa en un lenguaje tan universal que es fácil darse cuenta por qué nuestros fanáticos se enamoran de él. Se apresura a llegar a la zona de disparo, busca las pelotas que salen, pone quietos a sus rivales. Pero también puede manejar el balón, bloquear disparos y encestar desde la línea de tres. Hace algunos años, y vistiendo la camiseta nacional de su país en la liga profesional veraniega de Los Ángeles, fue segundo en robos detrás de Kobe Bryant ahora jugador superestelar de los Lakers, campeones de la NBA.
Hace tantas cosas bien, de hecho, que resulta quizá fácil desestimar lo que acaso sea su mayor cualidad: su sentido de la cancha. Jugó como delantero débil en su tercer año. En el cuarto, a menudo recibió doble y triple cobertura, al tiempo que promedia 19 puntos por juego. Y, al tiempo que su inglés fue mejorando, también creció su voz en los vestidores. Fue gracioso señala J.R. Raymond, guardia de segundo año . A veces se sentía frustrado cuando no podía decir las palabras correctas. Así que decía: ?olvídenlo, simplemente juguemos duro?.
Pero lo que tal vez más impresionó del Macho Man, fue haber sido el único jugador capaz de apaciguar a Lynn Johnson, el volátil guardia ya graduado, y aplacar a Ryan Humprey, el talentoso pero irritable delantero transferido a Notre Dame. En esa última temporada, Sampson nombró a Nájera capitán del equipo, honor nunca conferido a un solo jugador.
Los Sooners filman cada una de sus prácticas, y cuando Sampson pidió a un asistente hacer una cinta con las jugadas de fuerza de Nájera, ésta ocupó 20 minutos. La temporada pasada, Eduardo encabezó al equipo tanto en anotaciones 15.5 puntos por juego, como en rebotes 8.3 por partido.
Pero Sampson siguió preocupándose, especialmente después de que el mexicano fuera seleccionado para el equipo de estrellas Playboy. Ryan Minor, el último Sooner que recibió esa distinción, tuvo problemas en su último año y terminó jugando beisbol con los Orioles de Baltimore. En una de sus frecuentes charlas previas a los entrenamientos, Sampson manifestó a Eduardo sus temores. Pero, antes de que terminara su sermón, el chihuahuense levantó la mano y lo interrumpió a la mitad de la frase para decirle: Entrenador, ¿puedo decir algo?? No soy Ryan Minor. ¿Podemos empezar a tirar ya?
Sampson considera que Nájera es la estrella perfecta, despojado de ego y consciente de sus fallas. En un momento de la última temporada, Eduardo preguntó a Sampson si estaba tirando demasiado. Y cuando todo el equipo se aprestaba a escuchar la perorata del entrenador, se sorprendió con la respuesta, de una sola palabra: ?No?.
En ocasiones, Sampson se vio obligado a poner a Nájera como ejemplo sólo para mantener la honestidad del resto de los jugadores. Así se vio, con toda claridad, durante una práctica: Nájera se derrumbó con gran dolor tras sufrir un rodillazo en el riñón. ?No sé por qué se queja dijo Sampson, mientras se alejaba de la escena? Tiene dos de esos. Vamos, ayúdenlo a levantarse?. Nájera se incorporó y en la siguiente jugada retomó su lugar en la duela, mientras su expresión cambiaba de la mueca de dolor a la risa.
A veces lo criticaba sólo para que los demás no pensaran que era mi favorito admite Sampson . Pero sí lo era. Y no me incomoda decirlo.
*** El pasado 18 de marzo, los mexicanos Eduardo Nájera y Víctor Ávila jugaron en Tucson su último partido en la NCAA. En la segunda ronda de playoffs cayeron los Sooners, 66-62, ante Purdue. Nájera fue expulsado por cinco faltas en la duela; terminó con 15 puntos y seis rebotes. Ávila sumó siete unidades y ocho tableros. Les despidieron con llanto. Y con mariachis.
Eduardo terminó su elegibilidad con promedios de 13 puntos y 7.2 rebotes por partido. Fue candidato al trofeo John Wooden similar al Heisman en el futbol americano, que se otorga al mejor jugador. Finalmente lo obtuvo Tony Harris, de Tennessee; para Nájera fue, en cambio, el premio Chip Hilton, que el Salón de la Fama otorga al jugador del año.


***

No es fácil relacionar a ese furioso torbellino del que hablan las crónicas de la Universidad de Oklahoma y sus Sooners basquetbolistas, con este tranquilo gigante que aquí no grita, como en la duela, sino que habla con voz pausada. Una sonrisa casi beatífica sustituye al gesto fiero; son suaves sus modales, muy lejanos a la rudeza sobre la cancha. En su palabra, clara y firme, reverberan aires norteños, aires de Chihuahua: ¡Qué bonitos son los recuerdos! exclama. ¿O no?
Inútil decirlo. Ya ha sido dicho aquí. Pero el éxito del presente no borra el sufrimiento del pasado. Especialmente, insiste Eduardo, el sufrimiento de ese primer año de pesadilla en Norman.
¿Qué fue lo más difícil en lo difícil que fue todo para él?
Eduardo dice que la nostalgia por lo suyo: su familia, sus amigos, su idioma? ¿Y después?
Frunce Eduardo el entrecejo, y responde mientras su mirada se esparce por el llano regiomontano, árido y gris, como el de Meoqui: Vencido el primer obstáculo, el del idioma y todas sus consecuencias, tampoco fue fácil ingresar al equipo, que era simplemente un reflejo de lo que es el país: por el sólo hecho de ser extranjero ya te miran mal y no son para nada cordiales contigo. Mis propios compañeros en la duela trataban de que me viera muy mal en los partidos. Y ahí vas, poco a poco, minuto tras minuto. Unos cuantos, los que el coach decida, en un partido. Otros pocos en otro, hasta que te vas dando a respetar y desarrollas tu mejor juego.
Hay quien afirma que el tercer año fue definitivo en la carrera de Nájera. Sí, acepta. Y lo explica: Sucedieron tres cosas importantes. Primero, que por fin logré adaptarme a la cultura estadounidense y a su tipo de vida. Segundo, que en un juego de beisbol conocí a Jennifer Methvin, y me enamoré de ella. La veía caminar en el campus de la Universidad, pero no me atrevía a hablarle. Por fortuna sonríe el canastero, como cuando logra un difícil enceste, como debe de ser, empezó a hablarme por teléfono. Nos hicimos novios y mi vida se tornó más social: ir a misa, convivir, jugar básquet con Julie, su prima? ¿A cuántos kilómetros se encuentra Jennifer en estos momentos?
Imposible saberlo. Pero se siente aquí su presencia. Se dulcifica la expresión de Eduardo. Se entorna su mirada.
¿Y tercero, Eduardo?
¿Qué??
Hablabas de los elementos del cambio? ¡Ah, sí!? Tercero, que al equipo, a la universidad, llegó mi compatriota Víctor Ávila y entonces se compuso todo, porque no hay mucho mexicano por allá, hay mucho cabrón de Venezuela, de Colombia? ¿Mexicanos?? Dos o tres, y están escondidos. Víctor y yo vivimos juntos, nos conocimos a fondo y se cambiaron los papeles: yo lo ayudaba como la gente me ayudó: él se quería regresar todos los días...
Cuando dices ?nos conocimos a fondo?, quiere decir que ya se conocían. ¿Sucedió en México?
Sí. Alguna vez nos tocó jugar en diferentes equipos, en otras nos vimos en el seleccionado nacional. Lo veía y pensaba: ?ese amigo es bueno, pero yo tengo que ser mejor?. En ese momento no es que odies, no, pero estás en una lucha y por supuesto no te gusta la persona con la que estás compitiendo. La tienes que detestar un poco? La unión con él ya fue realmente en este último año. Ya no odio, ya no detesto a Víctor. Somos los mejores amigos.
¿Cómo se ayuda a alguien en esas circunstancias?
No se trata de aconsejar, sino simplemente comentar que pocos cuentan con la oportunidad de sacar una carrera en la Universidad de Oklahoma, y preguntar: ?¿o prefieres terminarla en Culiacán?? ?¿Prefieres jugar en uno de los mejores niveles de basquetbol, o en cualquier liga profesional de México??
El recuerdo grato ha traído el buen humor a la conversación. Franca es la sonrisa de Eduardo cuando comenta: Otra cosa que hacía con Víctor era tratar de distraerlo, de sacarlo de su marasmo? Le presenté unas chavas, y la broma le arranca una carcajada luego empezó en el trago? Le gustó tanto el ambiente que ya no pensó más en volver. Ya para qué.
Muchos momentos, bellos casi todos, unieron esas vidas. ?¿Te imaginas? pregunta Eduardo? Con Víctor sucedió que no sólo hablábamos el mismo idioma y practicábamos el mismo deporte, sino que también compartíamos soledad y recuerdos. Porque al principio el Víctor nomás se la pasaba triste... En ese entonces nos gustaban cosas diferentes, pero luego nos fuimos acoplando y hacíamos cosas que a los dos nos agradaban. Teníamos mucho en común y también la carrera universitaria sociología, que por cierto es el mejor regalo que le pude haber dado a mi madre. Me dice ella: ?es mejor que cualquier campeonato?. Y aunque los entrenamientos son muchos, y el tiempo de estudiar y entrenar te deja poco espacio, íbamos al cine, de compras, a bailar a una disco, con unas muchachas, a una fiesta... Fueron muchos meses juntos.
Y ahora que se separan...
No creo que nos vayamos a separar ya. Como te digo, la amistad es muy grande y pase lo que pase vamos a estar juntos. Aunque vaya a jugar a Europa, o a Estados Unidos, estaremos en contacto pues ambos representamos a nuestro país. Si nos distanciamos, ya lo hemos platicado, nos reuniremos en el verano o cuando haya un tiempo, pero no dejaremos de buscarnos.
A su lado, el rostro transfigurado por la emoción, Víctor Ávila escucha las palabras de Eduardo.
Se abrazan. Y dice Nájera: Porque la amistad, lo he descubierto, es un tesoro en la vida?
Adiós temores, hola basquetbol

Pedro Díaz/Jorge Iglesias/Enviados
--III--
Lunes 26 de junio de 2000

Los inicios: ?Mi padre quería que fuera beisbolista, pero el camino estuvo marcado por mi estatura... En las calles me sentía Scottie Pippen?

Desde la carretera, Norman, Oklahoma, parece un enorme lugar de descanso para camiones. Pero, para Eduardo Nájera, hay algo tranquilizante en todo ese espacio llano, abierto: le recuerda Meoqui, pequeña población de 39 mil habitantes donde nació el 11 de julio de 1976. Se llamó Santa Rosalía, pero en 1866 cambió su nombre en honor de Pedro Meoqui, militar chihuahuense que murió en combate cuando las tropas republicanas desalojaron a los franceses de Hidalgo del Parral. Meoqui: un punto en el mapa, a una hora de Delicias; a dos de Chihuahua. Pueblo agropecuario con agónicas reminiscencias tarahumaras.
Diecinueve años tomó a Eduardo cambiar el árido paisaje de Meoqui por el árido paisaje de Norman? Meoqui, recuerda Eduardo el menor de seis hermanos, era propiamente un lugar donde la familia Nájera Pérez, que vivía en Chihuahua, pasaba los fines de semana. Su padre, don Servando Nájera, era empleado municipal en el Departamento de Aguas; a labores de hogar se dedicaba su madre, doña Rosa Irene Pérez. Además de los obvios afanes de ser cabeza de una familia numerosa, había algo que también apasionaba a don Servando: el beisbol.
Con melancólica sonrisa recuerda Eduardo: Era short stop y jugó torneos estatales con los Dorados de Chihuahua, un poquito como profesional porque todos ellos ganan dinero. Una vez fue a jugar a México, no sé con qué equipo, pero después de dos o tres años le venció la nostalgia y decidió regresarse a Chihuahua.
Y a paso veloz, como en un contragolpe, pasa Eduardo por aquellos años de la infancia. Años felices, dice.
Todo era puras sonrisas, puras bromas. Era salir a la calle, y jugar con los amigos, y escuchar los gritos de mamá, diciendo que ya estaba lista la comida. No había nada de qué preocuparse. Todo era alegría.
Y deporte, por supuesto.
Como él, había decidido don Servando, su hijo también jugaría pelota. Pero a su hijo le gustaba también el futbol, casi exótico en un estado donde el basquetbol es lo que el balompie en Brasil: pasión. Finalmente, su propio físico ?tengo una foto del kinder. Desde entonces aventajaba en estatura a mis compañeros. Y por mucho? le indicó el camino: a los 15 años era demasiado alto. Por otra parte, la verdad ya era incontrovertible: nada tenía que hacer Eduardo patrullando los jardínes con una manopla en la mano izquierda, y cada día era más bajo su porcentaje de bateo. Fue separado del equipo de pelota en la preparatoria.
No sufrió mucho. Porque tarde a tarde se cumplía el divertido rito que nació un año antes, cuando Eduardo creció veinte centímetros y finalizó la secundaria de encontrarse con los amigos a botar una y mil veces el balón y encestarlo sin cansancio en la canasta de un tablero que los vecinos instalaron en la calle Sicomoro. Un aro, chiquillos y muchos balones se reunieron desde entonces. Tardes felices. De barullo, de barrio polvoso y risas sin fin. Y cuando se extinguía la tarde y aparecía la noche vestida de intenso azul, sobre el horizonte se recortaba la solitaria silueta de Eduardo y se escuchaba el incesante golpeteo del balón contra el tablero, el chasquido del balón entrando limpiamente a la red.
Empecé a jugar basquetbol con el profesor Sergio Panduro en el CBTIS 122 y después todo fue marchando bien. No era muy bueno, pero medía 1.98 y podía ?clavar?, por lo que me mantuvo en el equipo. Supongo que pensó que eventualmente sería bastante bueno dice Nájera con sinceridad.
¿Basquetbol? protestaba don Servando. ¡Juego de niñas! ¿Y el beisbol? respondía su hijo a la provocación? Puro gordito, barrigón, que no puede ni correr.
Fingía enfurecerse don Servando.
Su hijo remataba la broma: Pues nomás véase en el espejo, apá? Pronto se convirtió Eduardo en seleccionado de la escuela; después se integró a otras selecciones y surgieron partidos nacionales e internacionales. A los 17 años el profesor Raúl Palma lo llevó con los Dorados del Cimeba a una gira en Durango, donde realizó un extraordinario papel.
Ya era suficiente. El camino estaba marcado, acepta Eduardo: Entonces me dediqué, me entregué a este deporte, pero sin descuidar los estudios. Así ha sido hasta la fecha. Y mientras me repetía que nunca más me volverían a sacar de equipo alguno, mi padre me llenaba de consejos y en las calles me sentía Scottie Pippen.
En 1994, Chihuahua fue campeón nacional. Era un equipo muy nivelado con sólo una gran estrella. Se llamaba Eduardo Nájera.
Apenas tres años después de aquellas tardes polvosas de basquetbol de barrio, Eduardo consideraba una oferta de beca de la Universidad Autónoma de Nuevo León cuando recibió una llamada de Chuck Skarshaug, entonces entrenador de la Academia Cristiana de San Antonio, escuela de apenas 150 estudiantes. Vagamente recordaba a Skarshaug: se saludaron de mano durante un torneo internacional, y eso había sido prácticamente todo. Ahora éste le ofrecía la oportunidad de jugar gratis en Estados Unidos, como estudiante de intercambio en un equipo que incluia a otros mexicanos.
Recuerda Nájera: Era una oportunidad para aprender inglés y seguir con mis estudios del otro lado. Al principio no imaginaba seguir la ruta del basquetbol, pero el coach Skarshaug me llevó a Estados Unidos precisamente con esas intenciones. Así que la tomé.
A una escuela pequeña y a una ciudad en la que indistintamente se hablaba español e inglés, Eduardo viajó en octubre de 1994. Se hospedó con John y Sandra Schieffer, miembros de un programa de intercambio. Jugó algo de basquetbol, estudió otro tanto. Pero, gracias a una espléndida actuación en un torneo estatal y a los constantes llamados de Skarshaug a diferentes coaches colegiales en toda la Unión Americana, en unos meses ya le buscaban de varias universidades, ofreciéndole un futuro: Duke, Indiana... Repentinamente, la posibilidad de jugar basquetbol colegial era real, excepto por un problema. Nájera, entre risas: No aprendí nada de inglés en San Antonio. Nada. De hecho, durante las llamadas con los entrenadores, me mantenía silencioso al teléfono porque no entendía. Creo que verbalmente me comprometí con todos. No sabía lo que me estaban diciendo. ?Oye, ¿te gustaría venir a la escuela aquí??? ?Yes, oquei?, respondía? Esas eran las únicas palabras que sabía.
Oklahoma University fue una de las últimas en mostrar interés.

El descubrimiento

19 de abril de 1995. Dos años después del atentado terrorista contra el World Trade Center de Nueva York, otro ataque activista conmueve a Estados Unidos: un camión con explosivos es estacionado enfrente del Alfred P. Murrah Federal Building, en Oklahoma. A las 9:02 horas estalla la dinamita y parcialmente destruye la dependencia federal. Mueren 168 personas; entre ellas, 19 niños. Ajenos a la tragedia, con rumbo a San Antonio volaban dos personajes: Kelvin Sampson, entrenador de los Sooners de Oklahoma, y su asistente Ray Lopes, para observar a Nájera. En el gimnasio de la academia lo vieron jugar un ?21? que duró más tiempo que el que tomó a Sampson llegar a una decisión.
Quiero a este chico dijo a Lopes después de cinco minutos.
Un par de charlas. No fue necesario más. Eduardo accedió a irse con ellos.
¿Las razones?
?Te prepararé para la NBA?, prometían los coaches que se acercaban a mí. ?En Oklahoma podrás estudiar?, me sugirió, en cambio, Kelvin Sampson. Y eso era lo que yo quería: meterme a la escuela... Firmé con ellos y como a las tres semanas ya estaba en Oklahoma. No pensaba en la bomba. No me preocupó eso del terrorismo, pero a mi mamá sí, y me lo decía: tenía miedo de que me fuera para allá..
La mudanza se produjo en el otoño.
Nájera se encontró con aquella aridez de Norman, Oklahoma, que tanto le hacía recordar la aridez de Meoqui. Pero allí, a diferencia de Meoqui y de San Antonio, nadie hablaba español, así que Eduardo se inscribió en la UO como estudiante de medio tiempo para tomar dos cátedras de idiomas.
Mudo entonces, evoca ahora, cuando la existencia va cambiando: El primer año pensaba, todo el tiempo, en que debía tener las maletas listas. Porque extrañas a la familia, que es lo más importante. Pero también dejas tu cultura y llegas a una nueva que, piensas, no está hecha para ti. La manera en que vives cambia completamente. Creo que las cosas son así de complicadas porque si fuera fácil, todo mundo haría lo mismo, tendría los mismos objetivos y alcanzaría las mismas metas. En mi caso, todos los días pensaba en regresarme, y ya: dejar de jugar basquetbol en Oklahoma, dejar la escuela. Pero mi propia familia me convenció de seguir; también influyeron muchos amigos que me escribían y me pedían que me quedara, por mi propio bien, que iba a ser lo mejor para mí, como estudiante y como basquetbolista.
Insiste Eduardo, sin amargura: Los primeros días en Norman no atrevía siquiera acercarme a alguien para platicar. ¿Y cómo, si no sabía hablar inglés? No podía decir ni dos frases. Me envolvía el silencio la mayor parte del día; comía en los fast food y sólo pedía Subways . Me la pasaba solo, lidiando con el frío, caminando por las calles, matando el tiempo ante la televisión, entrenando, viendo cómo se me acababan los dólares, y metido en los libros. Pero nada más mirándolos, porque en clases me iba peor: no entendía absolutamente nada...
En virtud de que tenía que aprobar el examen de ingreso (que la liga colegial de basquetbol exige sea hecho en inglés), no podía practicar con los Sooners ni reunirse con ellos en la banca. Observaba los juegos, solo, desde las filas de atrás.
Llegué a odiar ese examen atreve Eduardo. Lo reprobaba una y otra vez. No porque fuera difícil, sino porque ni siquiera podía leerlo. Al principio, tal vez en las primeras tres semanas, tuve ganas de llorar y lo hice. Después hablaba con mis padres pero ellos, entre apoyos para que le siguiera echando ganas, también me dijeron: ?Ya estamos ahorrando para mandarte el boleto de regreso?. No obstante, con el apoyo de don Servando no dejé de luchar, y cuando reprobaba me decía a mí mismo: ?No es posible que otros pasen y tú no?. Además, me era urgente aprobarlo, porque mientras no cumpliera con los requisitos educativos, no podría jugar basquetbol. ¡Y eso era lo que me gustaba! Hubo días en los que me sentía tan mal, tan sin ganas de ir a ningún lado, que acudía al cubículo de una amiga, asesora en la escuela, y en español hablábamos de probabilidades. Llegué a decirle, verdaderamente triste: ?Ya no puedo más?, y ella siempre me animó: ?Lo lograrás, ten paciencia. Aguanta?.
Cuatro veces presentó al examen.
Hasta aprobarlo.
Chao, temores; hola, basquetbol.
Nájera vistió por fin la camiseta roja en 1996 y, con el basquetbol de regreso en su vida, su mundo empezó a expandirse. Durante su temporada de novato segundo año en Norman, tuvo como vecinos a sus compañeros Tim Heskett y Renzi Stone, Los Tres Amigos , como todos les llamaban. Inseguro todavía de su inglés, Nájera a menudo titubeaba y les pedía ordenar la pizza; luego todos miraban el programa de comedia Seinfeld . ?No entendía ni una palabra?, señala. ?Se reían, y cuando yo preguntaba ?¿qué significa eso??, se reían aún más?. Las comedias nocturnas se convirtieron en lecciones alternativas de inglés. Por primera vez desde su llegada al campus, el chihuahuense estaba pasando un buen rato.
Pronto le rendiría tributo una ciudad a la que no le hablaba.
Chito, el consentido
Pedro Díaz G. y Jorge Iglesias/Enviados
--IV y última--
Junio de 2000

No tengo idea de cómo voy a pagar a mis padres lo que han hecho por mí. Son tan sencillos como yo...

?Has sido llamado ejemplo para la juventud? Símbolo de la nación.
No se sincera Eduardo Nájera. No llevo el peso de todo un país en los hombros. No me pongo presión extra: lo que hago lo hago, primero, por mí. Porque me divierto y de lo lindo. No pienso en más: soy de Chihuahua, soy mexicano. Pero lo mío es jugar. Y hacerlo bien.


* * *

Con muda idolatría lo miran los chiquillos. Como se mira a un dios: Vuela desde la línea de tiro y se eleva hasta rebasar el aro. Un compás abierto son las piernas; las manos, dos garras sobre el balón en todo lo alto de los largos brazos. Y cuando este hombre volador inicia el descenso, con violencia mete el balón en el aro. Se escucha, en el gimnasio todo, el sonido del encuentro del esférico con las sacudidas redes. No cae a tierra el hombre volador: sus 112 kilogramos penden de ese aro de resistente aluminio; el corpachón de 206 centímetros se bambolea en lo alto mientras los chiquillos, embelesados, dejan escapar un murmullo de admiración.
Ahora están aquí, en el centro de la duela, sentados en cuclillas. Forman un semicírculo desde cuyo centro Eduardo Nájera les habla de técnicas, de tácticas, de actitudes, de ejemplos? Les habla de sí mismo, de sus sentimientos; y cuando lo hace, se adivina una cierta tristeza en sus ojos expresivos: Hay algo que tengo presente todos los días: los consejos de mi padre, don Servando. Alguna vez me dijo: ?si te vas, nunca olvides que pase lo que pase, tengas lo que tengas, hagas lo que hagas, siempre debes acordarte de dónde surgiste: eres de Chihuahua, eres mexicano, lo serás toda tu vida?. Y no lo olvido.
Se conmueven los chiquillos. Le aplauden. Lo miman con la mirada.
Un comentarista radiofónico, uno más entre tantos que prodigan el elogio empalagoso y comprometedor, le obsequia a gritos los adjetivos calificativos. "¡Este muchacho es todo un símbolo deportivo del país, un ejemplo para nuestra infancia y nuestra juventud!"? De reojo lo mira Eduardo.
Ya habrá tiempo para aclarar?

* * *

No le agrada la miel en las palabras. Y tampoco que le pregunten sobre el basquetbol en México. Se siente comprometido: qué decir si, ante la posibilidad de jugar un partido de exhibición en su país, lo que observa son pugnas entre promotores y federativos, probables sanciones.
-No tengo mucha referencia sobre lo que está sucediendo aquí -comenta sin ocultar su molestia. Sé que en Chihuahua hay pocos apoyos; que a Víctor Ávila y a mí nos ha costado mucho llegar hasta donde nos encontramos, y los alcances de esos costos son casi familiares. Pide, suplica el canastero: -No me pregunten... No sabría qué responder.
Se cierra un camino. Hay que abrir otro.
No puedes ocultar la emoción cuando de tu padre hablas, Eduardo? No hay necesidad de una pregunta. Toma Eduardo la palabra. Dice: Es un hombre excepcional. Cuando tuve que alejarme de él, de mi familia, sabía que vendrían tiempos difíciles: me iba a tocar esa parte de mi crecimiento como persona lejos de ellos, me preguntaba: ?y si me voy por malos pasos, ¿quién me va a aconsejar?"? Siempre que pienso en que me estoy convirtiendo en un adulto, me doy cuenta de lo difícil que es sostener una familia. Por ello mi papá es mi ídolo: logró educar a sus seis hijos, pensando siempre primero en tratar de sacarnos adelante, inclusive dejando a un lado las ofertas que le llegaron del beisbol profesional, para no abandonarnos. Todos los sacrificios y esfuerzos que hago tienen una sola razón: ayudar a mis padres porque ellos me han dado todo. No tengo idea de cómo les voy a pagar lo que han hecho por mí. A veces pienso en darles el mejor regalo del mundo, pero ellos, que son tan sencillos como yo, tal vez no se sentirían bien con una actitud así. Mi mejor regalo, pienso, es estar a su lado.
Lo supo don Servando: siempre estará su hijo a su lado. Sucedió hace ya casi un año: en México vacacionaba el ya jugador estelar de los Sooners, cuando don Servando, de 55 años, sufrió un ataque al corazón. Eduardo se sobrepuso al temor que se le metía en el cuerpo y fue piel sobre la piel de su padre desde el momento mismo en que éste se derrumbó. Su mano derecha aprisionó la mano derecha de don Servando y no la soltó en el largo camino entre el hogar y el hospital, en una ambulancia que aullaba por las calles de Chihuahua.
Estremecido por el recuerdo, en voz baja habla Eduardo: Se puso muy malo. Y así siguió durante una semana. Estuve con él todo el tiempo, hasta que le instalaron un marcapasos. Casi moría...
Sobrevivió don Servando para vivir el mundo en el que vive su hijo. Ya no ve sólo beisbol de Grandes Ligas "me decía mi mamá, asombrada, que don Servando nomás quería ver por la tele los juegos finales de la NBA. Antes? ¿Pues cuándo?", nos revela Eduardo; llegó hasta la duela misma y en algunas noches en Oklahoma se impregnó de la Machomanía y sus gritos se unieron a los gritos de apoyo para el jugador con el número 21 impreso en la camiseta escarlata. ¿Ya no piensa más que el basquetbol es deporte para niñas? bromean los reporteros.
Eduardo continúa la broma: ¡No, qué va!? ¡De puro macho!? La verdad es que se acercó al basquetbol, vio la clase de deportistas que lo practican y cómo lo practican, y ya cambió de opinión.
Se le veía serio en algunas transmisiones, cuando te fue a ver jugar en Oklahoma. Como si de verdad no le gustase el basquetbol.
Así es él.
A su final se aproxima la charla. Vence el tiempo concedido por Nájera. Un par de preguntas más, si acaso? Estamos a unos días de un momento de gran trascendencia para ti, como lo es el draft de la NBA. ¿Qué es el presente en la vida de Eduardo Nájera?
El basquetbol es importante; la NBA también, pero hoy siempre será más importante la familia, que me enseñó a no interesarme en el futuro, sino a pensar en el hoy. Y ese hoy es pura felicidad, gracias a Dios. Para mi familia siempre seguiré siendo el Chito...
¿El Chito Nájera? inconscientemente interrumpen los reporteros? Asiente Eduardo con una leve sonrisa jugando en su rostro recién afeitado: El apodo me lo pusieron porque era el más chiquito, el Chito . Y cuando nací, cuenta mi papá, mis hermanos andaban como locos conmigo. Todos querían llevarme a dar la vuelta, darme de comer. El Chito . Era el consentido. Ojalá siga siéndolo.
No más. Ha transcurrido la media hora convenida. Nájera extiende la manaza derecha para despedirse con suave apretón.
Y ya cuando se agita su brazo derecho en señal de despedida: ¿Y qué quisiera el Chito para el futuro?
Lo mismo que siempre ha visto en casa: una buena esposa, muchos hijos. Una familia.

2.4.07

El cerebro de la Enciclomedia



Se trata de uno de los jóvenes más destacados de su generación. Experto en cuestiones tecnológicas, Steve Rodríguez es la parte pensante del proyecto de llevar computadoras a todas las escuelas del país. No es descabellado. Este es Steve.

Y aquí puedes saber más de él:
http://www.freewebs.com/steverdz2

Pedro Díaz G.


Una tarde despertó lejos de la patria y la añoranza le llevó a edificar lo
que hoy es su vida cotidiana; conoció entonces la lucha y el esfuerzo, sus
días tornáronse incansables y ahora de un lado a otro camina con su
computadora portátil en el afán por construir un México mejor. No ceja un
sólo minuto.

Porque a Steve Rodríguez lo que le encanta es el estudio del cerebro. "Cómo
funciona esta cosa por dentro, toda la parte cognoscitiva, el conocimiento",
dice y vehemente lleva sus manos a la cabeza.
Él desea, entre muchas otras cosas, transformar los salones de clase.
Imagina una educación con bases tecnológicas. Que los maestros, gracias a la
computación, estén dotados de mejores herramientas y recursos que las que
ofrecen los tradicionales libros de texto.
Imagina una niñez más activa, mucho más sorprendida por el proceso de
aprendizaje. A los 27 años, Steve Rodríguez está vinculado a la
Enciclomedia, el proyecto que básicamente intenta unir la educación con la
tecnología, que en conjunto con su equipo de trabajo rediseña.

Le apasiona esa parte de cómo puede ser modelado el nuevo sistema, como las
representaciones de computación pueden ser más apegadas a la forma de pensar
y con base en eso la transmisión de conocimiento pueda ser mucho más
sencilla. Es decir, "las estructuras cómo pueden estar modeladas para que el
usuario las pueda recibir de mejor modo. Eso es en lo que más estoy metido,
y en la recuperación de información. Que el sistema me ayude a encontrar la
información que requiero. Es un boom para el aprendizaje poder obtener
información relevante aquí y ahora.
Adicionalmente, con el Internet tienes una base de datos de miles de
millones de documentos y, por ejemplo, esto tiene una ventaja de inicio: a
veces ya no necesitaremos memorizar. Actualmente hay que desarrollar otras
capacidades intelectuales como es qué hacer con la información existente”.

A Steve de niño nunca le preocupó la palabra futuro.
Qué es el futuro, se pregunta y viajan sus razonamientos entre el momento en
que descubrió los avances tecnológicos "y los comparas con todo lo que es la
historia"; va de la ciencia ficción a la realidad de poder tener aquí, sobre
la mesa, una laptop y un dispositivo musical con más de 10 mil canciones;
¿qué es realmente el futuro?, vuelve la pregunta. "En equis país puede
relacionarse con una prosperidad económica, o ser más felices, o tener
mejores ciudadanos... Sin embargo, el futuro no tiene tanta importancia
cuando eres niño, igual te la pasas viendo caricaturas. Éste va cobrando
sentido a medida que vamos creciendo y teniendo más conciencia."

Pero ahora...
"A mí lo que me interesó mucho es el conocimiento. La mezcla entre la
filosofía y cómo funciona el cerebro por dentro. Esto se lo agradezco al
ITAM, porque no es una universidad técnica. En la carrera de computación,
en la que básicamente llevaríamos cómputo, cursamos Economía I, Economía II,
tres semestres de Ideas e Instituciones Políticas y Sociales (donde aprendes
sobre las ideas de diversos pensadores), y dos semestres de Problemas de la
Civilización Contemporánea (donde participas en discusiones colectivas sobre
el mundo y las sociedades). Esto seguramente me impulsó a abrir mi
panorama".

Estudió ingeniería en computación y en Edimburgo, Escocia, hizo una maestría
en Inteligencia Artificial con especialidades en minería de datos y en
ciencia cognitiva. Fue allá donde vio el retrato de su país. Donde el ser
mexicano le representaba "per se" una ventaja sobre el resto en Europa;
donde extrañó los tacos y las salsas; la música y la alegría de su gente.
Fue entonces, al vivir la nostalgia, que decidió entregarse plenamente y sin
tregua a sus ideales. Que son, por el momento, el rediseño de la
Enciclomedia: "analizando requerimientos de los pedagogos en la
implementación, y tratando de que el sistema sea mucho más explotable en
términos cognoscitivos, en términos pedagógicos, y que en general tenga
mucho más alcance con una visión a largo plazo".

Para lograrlo, el equipo con el que trabaja analiza las tendencias
internacionales sobre los nuevos modelos de e-aprendizaje. La idea, también,
es que la educación, gracias al sistema, esté totalmente integrada al país
entero. Por ejemplo, realizar un desarrollo incluyente para que los
materiales de Enciclomedia puedan encontrarse en varias lenguas o que
cumplan requerimientos de accesibilidad. Esto permitirá que el proyecto
cuente con la flexibilidad de funcionar tanto en áreas rurales como en las
grandes ciudades. Ejemplos reales son contar con materiales que tengan
versiones en maya, o tener materiales que puedan accederse por personas
discapacitadas (como es gente invidente).

Steve y el conocimiento "al alcance de un click":
"Esperaría que el sistema apoye tanto a los maestros como a los estudiantes.
Lo que hemos visto en las escuelas donde el proyecto está a prueba, y me
quedé asombrado, siendo sincero, es cómo la maestra ya dominando
Enciclomedia la utiliza muy eficientemente. Gran parte se debe a que todo
se fundamenta en los materiales que ya conocen y además están al alcance de
un click..."
El maestro, que está muy involucrado con el libro, ahora podrá acceder a
información adicional como videos, audios, animaciones, o interactivos.
Steve ejemplifica: Si a un niño antes le mencionabas en un libro el término
violín, ahora con Enciclomedia y los materiales didácticos se enriquece lo
que antes era sólo una palabra, e ir, al alcance de un click, a una imagen
del violín, a un video o un audio donde ese niño pueda escuchar cómo suena
ese violín en la Orquesta Sinfónica de México. Ese niño podrá, quizás,
asegurar en ese instante: yo quiero ser violinista, porque ya se le despertó
un sueño...

El futuro, aquí: "Imagínate un acervo nacional de contenidos educativos (en
este ámbito denominados objetos de aprendizaje). Al principio, conformar
este acervo se pensaba como algo idealista, y ahora estamos viendo que se
puede hacer. Es muy bueno que existan personas e instituciones interesadas,
pues Enciclomedia también es un proyecto integrador. Adicionalmente, es
vibrante trabajar con gente talentosa, que tiene confianza en el proyecto, y
que sí se emociona. Pienso que Enciclomedia es algo que se tiene que hacer,
pues México está en el punto de aprovechar la tecnología a su alcance".

Qué mueve a este chavo de 27 años. De dónde, el deseo de cambiar al país tan
drasticamente.
"Algo que me mueve es haber estado en el extranjero, pues es muy real la
frase de que nunca sabes lo que tienes hasta que lo tienes perdido (o te
encuentras lejos). Cuando viví en Escocia lo primero que me di cuenta es que
realmente no formaba parte de allí, y en verdad extrañas mucho. Cuando
vives en países mucho más afortunados que el tuyo, puede ser demasiado
triste cerrar los ojos y negar lo que está pasando. Cuando estaba allá a mí
me fue muy bien por ser mexicano. Como mexicano debes sentirte orgulloso de
tu cultura, tu comida, tu alegría; estudias pero tambien bailas y te
diviertes. Somos gente distinta y muy trabajadora. Realmente tenemos mucho
potencial como mexicanos, por diversas razones a veces no lo creemos, y
cuando estamos allá resulta que hasta podemos ser una sensación. Te lo juro,
y en gran parte se debe a la cultura inherente a ser mexicano. Se siente muy
bien ser mexicano y tener un nacionalismo arraigado.
Y entonces pienso: si en este proyecto puedo participar y poner mi granito
de arena; si podemos ayudar a los maestros a que el sistema se les haga más
sencillo, lo haré. En este país hay mucho que se puede mejorar, y lo
mejoraremos".

¿De qué está hecho el México que habita los sueños de Steve Rodríguez?
"De mejores ciudadanos. Responsables. Que estén peleando por algo,
competitivos. No tener un país que revenda. Algo que me entristece es ver
tanta gente y jóvenes en las calles vendiendo productos chinos. Tenemos una
economía dependiente. A veces de eso vivimos, de lo que otros venden y no de
lo que producimos. Otra cosa que me entristece es que haya tantos buenos
investigadores, tantos proyectos, y a pocos se les apoye. Indudablemente se
tiene que hacer una inversión en muchos rubros, y es demasiado difícil
resolver toda la problemática actual. En general, pensar en todo lo que hay
que resolver resulta abrumador, pero si cada quien pone su corazón y se
enfoca realmente en qué quisiera de México que esté en sus manos y lo hace
de la mejor forma posible, se puede. Y sí, tienes que sacrificar muchas
cosas. Como sarcasmo, es mucho más divertido ir al futbol que ponerte a
trabajar en un proyecto y hasta desvelarse a veces por estar ideando alguna
solución".

Pero lo primero, dice, es sentir el verdadero amor por tu país.
Y después, a "trabajar unidos para que esto salga mejor".