31.1.26

Unomásuno: el periódico que quiso cambiarlo todo y me cambió a mí

Culiacán 40 (1974–1983)

Antes de la mi vida en la redacción hubo un edificio en la colonia Hipódromo Condesa: Culiacán 40, planta baja. Allí transcurrió mi infancia y allí comenzaron, sin que yo lo supiera, los primeros movimientos de lo que después sería mi vida profesional.

Mi madre, a quien todos conocían como doña Mati, llevaba una existencia marcada por el trabajo constante. Su jornada se repartía entre la administración del edificio, las labores domésticas y la crianza de tres hijos. No hablaba de proyectos a largo plazo ni utilizaba palabras como estrategia o planificación. Sin embargo, tenía una intuición práctica sobre el valor de la educación y la necesidad de anticiparse al mundo que venía.


Una decisión sin rodeos

En 1974 yo cursaba la secundaria. Para muchas familias era suficiente concluir los estudios básicos y comenzar a trabajar. Mi madre pensaba distinto. Una tarde me informó, sin rodeos, que además de la escuela regular estudiaría computación por las tardes. No fue una sugerencia. Fue una decisión.

Así llegué a un instituto ubicado en la esquina de avenida Hidalgo y Paseo de la Reforma, donde se impartían carreras técnicas. La especialidad que eligió para mí fue Técnico Perforista en Computación. En 1975, hablar de computadoras en México significaba referirse a equipos enormes, inaccesibles para la mayoría y asociados a grandes empresas o dependencias gubernamentales.

La formación consistía en perforar tarjetas IBM con información codificada. El procedimiento exigía precisión absoluta: un error en la perforación implicaba desechar la tarjeta completa.


El teclado como disciplina

Fue en ese contexto donde tuve mi primer contacto sistemático con la máquina de escribir. Antes de iniciar las clases, para adquirir soltura en los dedos, repetía una frase completa que funcionaba como ejercicio mecánico:

Pedro Díaz Gutiérrez, Culiacán 40, PB, colonia Hipódromo Condesa, Zona Postal 11, México, Distrito Federal.

La escribía una y otra vez. En ese momento no tenía ningún significado especial; era simplemente una práctica para ganar velocidad y exactitud. Con el tiempo comprendí que aquella disciplina física —el hábito de teclear sin vacilación— sería decisiva en la redacción de notas y crónicas años después.

Mientras tanto, mi madre continuaba gestionando oportunidades educativas. Intentó conseguir becas para que mis hermanos y yo ingresáramos a escuelas privadas. No siempre lo logró. Mi promedio de secundaria no alcanzó para acceder al Colegio Alemán, pese a sus gestiones.

Aun así, persistió en la búsqueda de alternativas para cada uno de nosotros. Vecinos del edificio la ayudaban a redactar solicitudes, a llenar formularios, a reunir documentos con el cuidado necesario. No se trataba de aspiraciones abstractas, sino de decisiones concretas: ampliar el horizonte mediante herramientas educativas.


Aprender a leer la lógica del mundo

Esos años, entre 1974 y 1983, estuvieron marcados por una combinación de disciplina técnica y formación pública. Aprendí a perforar tarjetas y a escribir con velocidad, pero también a observar la ciudad, a escuchar conversaciones, a entender el valor del esfuerzo sostenido.

La tecnología, entonces rudimentaria, me resultaba fascinante; no por su modernidad, sino por su lógica. Había un orden detrás de cada código.

En retrospectiva, aquel aprendizaje temprano en computación no sólo me dio habilidades técnicas. Me familiarizó con la idea de que los cambios tecnológicos transforman oficios completos. Décadas después, cuando incorporé herramientas digitales a la operación editorial y comencé a impartir cursos de inteligencia artificial en la redacción de Excélsior, comprendí que el puente entre las tarjetas perforadas y los algoritmos contemporáneos no era tan largo como parecía.

Ambos mundos exigen comprensión estructural, adaptación y método.


El punto de partida

En 1983, con 22 años, ingresé como auxiliar de redacción a unomásuno. El tránsito desde Culiacán 40 hasta aquella redacción no fue un salto improvisado. Había una preparación previa:

– disciplina en el teclado
– hábito de observación
– familiaridad con la tecnología
– una convicción silenciosa sobre el valor del aprendizaje continuo

Cuando crucé la puerta del periódico, no comenzaba desde cero. Llegaba con una base invisible, construida en años de repetición, estudio técnico y la determinación de una madre que había decidido anticiparse al futuro.

Ese fue el punto de partida.

Lo que ocurrió dentro de unomásuno pertenece ya a otra historia: la de un periódico que quiso cambiarlo todo —y que, en el proceso, también me cambió a mí.


unomásuno: el periódico que quiso cambiarlo todo

Nació de una herida.

En 1976 el golpe contra Excélsior dejó a una generación de periodistas fuera de su casa editorial y frente a una pregunta brutal: ¿se puede hacer periodismo libre en México? La expulsión de Julio Scherer no fue sólo un movimiento empresarial; fue un mensaje político. La redacción quedó partida. El país entendió que la prensa tenía límites invisibles.

De esa fractura surgió una idea que no era defensiva, sino desafiante. No fundar un refugio. No replicar el pasado. Fundar un proyecto.

Así, en noviembre de 1977 apareció unomásuno, bajo la dirección de Manuel Becerra Acosta. No era sólo un diario: era una declaración de principios.

Desde el primer número quiso ser distinto. La diagramación rompía con la solemnidad tipográfica de la prensa tradicional. La fotografía dejaba de ser ornamento para convertirse en argumento. El lenguaje se sacudía el polvo del boletín oficial. El reportaje recuperaba espacio y dignidad. En un país acostumbrado a la prudencia impuesta, el diario apostaba por la crítica abierta.

Era un periódico de izquierda, sí, pero no panfletario. Convivían en sus páginas intelectuales, cronistas, fotógrafos y reporteros formados en la investigación dura. El suplemento Sábado, dirigido por Huberto Batis, consolidó un laboratorio cultural irreverente: literatura, erotismo, crítica, debate. Allí respiraba una generación que no pedía permiso.

Durante sus primeros años, unomásuno fue sinónimo de modernidad periodística. Se leía en universidades, en redacciones competidoras, en cafés donde se discutía política como si fuera boxeo. Se convirtió en escuela. De sus filas surgirían proyectos decisivos como La Jornada.

Pero todo proyecto nacido de una ruptura arrastra sus propias fracturas.


Yo entré cuando el mito ya respiraba

En diciembre de 1983 crucé la puerta del periódico. Tenía 22 años. Venía de una educación pública que me había enseñado a pensar, pero no a escribir con urgencia. Entré como auxiliar de redacción. Eso significaba aprender desde abajo: revisar pruebas, perseguir datos, asistir a quien lo necesitara.

La redacción era un organismo vivo. Se discutía de política como se discute de fútbol. Se hablaba de cooperativas, de democracia interna, de deuda fiscal, de publicidad oficial. Yo escuchaba. Aprendía el tono. Aprendía el silencio.

Mi primer territorio fue la sección deportiva, dirigida por Ramón Márquez Carbajal. Allí fui aprendiz de reportero. Me asignaron boxeo y automovilismo, dos mundos opuestos y complementarios.

El boxeo era México comprimido en doce rounds. Cubrí peleas de Julio César Chávez, del Maromero Páez, del Chiquita González, de Gilberto Román, de Miguel Ángel González. Aprendí a escribir al ritmo del jab, a describir la tensión del vestidor, a escuchar el murmullo del público antes del primer campanazo.

La Fórmula Uno, entre 1986 y 1990, era otra cosa: patrocinadores, ruido metálico, la velocidad como espectáculo. El Autódromo Hermanos Rodríguez vibraba y yo aprendía que una crónica podía ser técnica sin perder emoción.

Pero el verdadero aprendizaje estaba en el ambiente general.


El ideal cooperativista y las primeras grietas

unomásuno fue constituido como cooperativa. El ideal prometía horizontalidad, participación, asambleas abiertas. Era una apuesta ética además de empresarial.

La práctica fue más áspera. Las finanzas fueron frágiles desde el inicio. La publicidad oficial —indispensable para sobrevivir— era también una cuerda al cuello. Los conflictos administrativos comenzaron a filtrarse en la redacción. Las diferencias ideológicas se transformaron en disputas personales.

Yo estaba allí cuando las asambleas se volvieron trincheras.

Mientras adentro debatíamos, afuera el poder observaba.


La presión del Estado

Durante los sexenios de Miguel de la Madrid y, sobre todo, de Carlos Salinas de Gortari, la relación con el gobierno se tensó: deuda fiscal, adeudos con PIPSA, retiro de publicidad, presiones indirectas.

El periódico empezó a moverse en terreno minado. La independencia editorial tenía un costo económico creciente.

En la redacción eso se traducía en incertidumbre. En rumores. En silencios prolongados.

Yo seguía escribiendo crónicas urbanas que Huberto Batis publicaba en la sección Ciudad. Colaboré en Página Uno por encargo de Jorge Fernández Menéndez. Investigué para el libro Diez años de unomásuno. Fui asistente de prensa en la Ruta México 1989 de ciclismo.

Mi vida profesional crecía mientras el periódico comenzaba a agrietarse.


La escisión y el desgaste

Tras la salida de Manuel Becerra Acosta, el giro fue definitivo. La línea editorial perdió filo. Algunos hablaron de oficialización; otros, de simple supervivencia. Los lectores comenzaron a no reconocerse en sus páginas.

Yo permanecí hasta junio de 1990. Salí cuando el periódico aún respiraba, pero ya no era el mismo.


La muerte lenta y lo que queda

En 2002 llegó el desenlace formal. unomásuno murió lentamente: primero en su cohesión interna, luego en su independencia, después en su credibilidad y finalmente en su viabilidad financiera.

No fue un asesinato directo. Fue desgaste.

Y, sin embargo, su legado permanece.

Modernizó el diseño de los diarios mexicanos. Consolidó el fotoperiodismo como discurso. Recuperó el reportaje como género central. Formó generaciones enteras de periodistas. También dejó una lección incómoda: la libertad editorial en México siempre ha estado condicionada por estructuras económicas y políticas.

A veces pienso que mi fecha real de nacimiento profesional es un día cualquiera de diciembre de 1983, cuando crucé la puerta de aquella redacción.

Entré como auxiliar.
Salí como cronista.

Culiacán 40 me dio la repetición y el rigor.
La computación me enseñó lógica y estructura.
unomásuno me dio el pulso, el conflicto, la tensión entre poder e independencia.

El resto ha sido consecuencia.

Ese es el hilo completo.