Pedro Díaz G.
Enero arranca con controversia. En la natación mexicana, el agua se agita más fuera de las albercas que dentro. Hay dos equipos, dos técnicos, dos formas de pensar y, por momentos, dos países distintos bajo un mismo uniforme. La pregunta flota, inevitable, entre los mismos nadadores:
—¿Quién es el verdadero entrenador nacional?
La tensión no es menor, pero hay algo claro: los Juegos Olímpicos se aproximan y el desarrollo, aunque caótico, es innegable. El grupo de los nadadores más adelantados —Guillermo Echevarría, Gabriel Altamirano, Mario Santibáñez, Juan Alanís, Salvador Ruiz de Chávez y Luis Alberto Acosta— propone un modelo dividido. Que el húngaro Béla Ráky los prepare en alto rendimiento, con Manuel Echevarría (padre de Memo) y Jorge Villegas como asistentes. El estadounidense Ronald Johnson, mientras tanto, se haría cargo del equipo femenil y de los jóvenes talentos del IMSS: Felipe "Tibio" Muñoz, Victoria Casas, Jorge y José Luis Rueda, y Marcia Arriaga, con Nelson Vargas como apoyo.
En enero, la delegación de Ráky parte a Isla Margarita, Hungría, para un campamento de entrenamiento de fondo. Johnson y los suyos se quedan en México. No hay tiempo para la política: la alberca exige constancia, y el calendario no da tregua.
Abril. Winnipeg. V Juegos Panamericanos.
La delegación mexicana viaja al norte con 297 integrantes. Es una cifra récord que acompaña a otra marca: 29 países participan. Llueve suavemente el 20 de abril, durante la inauguración. Pero al día siguiente, cuando la lluvia se retira, también lo hacen las dudas.
El Saint James Arena queda rebasado por el público canadiense, aficionado de toda la vida a la gimnasia. La sede se muda al Winnipeg Arena, donde emerge una figura inesperada: Armando Valles. Contra todo pronóstico, gana la medalla de oro en anillos, superando a los estadounidenses Fred Rothlisberger y Mark Cohn. Es la primera gran sorpresa mexicana. Y no la última.
México termina con cinco oros. Además del de Valles, destacan Juvencio Martínez en boxeo (54 kg), Pilar Roldán en florete, Elena Subirats en tenis y la selección de futbol, que regresa con la medalla dorada al cuello. Ricardo Delgado pierde en la final de peso mosca ante el venezolano Francisco Rodríguez —la segunda derrota de su carrera— y se conforma con la plata. Agustín Zaragoza también tropieza en su camino al oro: cae ante el cubano Rolando Garbey y obtiene el bronce en peso medio ligero.
En la natación, Guillermo Echevarría —el multicampeón centroamericano— es quinto en 400 libres y cuarto en 1500. Maritere Ramírez ocupa la quinta posición tanto en 100 metros libres como en dorso. Y un adolescente de 16 años, que por primera vez ha subido a un avión, sorprende: Felipe "Tibio" Muñoz alcanza el sexto lugar en los 200 metros pecho. Comienza a escribir su historia.
José Pedraza gana plata en los 20 kilómetros de marcha. El equipo de basquetbol deja una impresión imborrable: vence a Argentina, Cuba, Brasil, Canadá, Puerto Rico y Panamá. Solo Estados Unidos logra detener a la escuadra nacional en la final, 94-73. Pero el mexicano Arturo Guerrero se proclama campeón anotador del torneo.
El 5 de mayo concluyen los Panamericanos. “Nos vemos en Cali”, anuncia un letrero en lo alto del estadio. México termina sexto en el medallero, por debajo de Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina y Cuba.
Mayo. El retorno y el fin de la dualidad.
Al regreso, es tiempo de definiciones. Javier Ostos Mora, figura clave de la natación mexicana, lanza una propuesta audaz: un enfrentamiento directo entre los dos equipos, consagrados contra novatos. El ganador dará a su técnico la jefatura nacional.
Se realiza el duelo. Y ocurre lo inesperado: los novatos de Johnson vencen. El estadounidense queda como entrenador nacional. Béla Ráky vuelve a Hungría. El capítulo se cierra, pero las repercusiones apenas comienzan.
III y última Semana Deportiva Internacional. El mito cae.
El otoño de 1967 no es solo una estación más. Es una prueba. Un ensayo general para 1968. La III Semana Deportiva Internacional pone a prueba no solo a atletas y entrenadores, sino también a la capacidad organizativa de México... y, sobre todo, a su gente.
El país recibe a 2,564 atletas, 60 médicos, 47 invitados internacionales y 482 periodistas extranjeros. Compiten 57 países. La presión es inmensa. Y el mito, ese que decía que México no podía organizar unos Juegos Olímpicos, empieza a desmoronarse.
De las 171 pruebas en 18 deportes olímpicos, se rompen 26 récords mundiales (18 en ciclismo, 8 en pesas) y 44 olímpicos. Se igualan, además, 14 marcas olímpicas y tres mundiales. La cifra es contundente: México está listo.
La delegación mexicana también entrega resultados. Ricardo Delgado —recién destronado a nivel nacional por Roberto Cervantes— se lleva el oro. Toño Roldán lo acompaña en lo más alto del podio. Guillermo Echevarría brilla con dos oros en 400 y 1500 metros libres. Pilar Roldán también repite y se consolida como referente.
En la marcha, se agiganta la figura del soldado-atleta: José Pedraza es oro en los 20 km. Luego del triunfo, él y sus compañeros viajan a competir en Londres y Roma, como embajadores deportivos de un país que ya no se ve pequeño.
Joaquín Rocha gana su primer combate, asegura el bronce, y cae en el segundo. Hay frustración, pero también hambre de revancha.
1967 fue un laboratorio de esfuerzos, dudas, decisiones y talento.
Un año que forjó carácter, que probó modelos, que expuso tensiones.
Fue el año en que el deporte mexicano se miró al espejo, con miedo, con dignidad, con ambición.
Y lo que vio, ya no pudo olvidarlo nunca más.
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